
Cuando Blechacz hizo entrada, anoche en el escenario del maravilloso Modernismo del Palau de Domènech i Montaner, parecía como si el delegado de clase o el alumno de sobresaliente hubiera hecho entrada. A sus 24 años de edad, Rafal Blechacz ha reivindicado el lugar que se merece Chopin a día de hoy, con su manera de interpretarlo. Muestra de ello es el soberbio CD que firmó junto a D.G. Blechacz viene a ser un Kristian Zimmerman actual, ya que fue el triunfante ganador del prestigioso Premio Chopin de Varsovia, de hace dos años.
Empezó el jovial pianista con Johann Sebastian Bach y el Concierto italiano en fa mayor. El veinteañero, pese a su aparente fragilidad, embrujó con su impetuoso manejo de la digitación, recordándonos al Gould de los años cincuenta con esa claridad, precisión y velocidades de las que hacía gala. El meditativo y profundo Andante dio paso a un Presto de disfrute y endiablada combinación de teclas.
La Sonata número 17, de Mozart, definió lo camaleónico del joven prodigioso en su manera de entender al salzburgués, adentrándose vertiginosamente en un sinfín de notas. Aunque iba quedando menos tiempo para la llegada de lo mejor de la velada: Szymanowski y Chopin.
Szymanowski, cada vez más y mejor reivindicado por las doctas voces de directores de orquesta como Antoni Wit o Simon Rattle, encuentra en su compatriota al piano a un perfecto interlocutor. El sello amarillo, para quien es artista, debería tenerlo en cuenta para futuros trabajos. Pese a los leves errores de medias teclas y de expresión, ante la velocidad infatigable de Blechacz no había freno. Como si de un juego endiablado se tratara, la naturalidad y la ligereza del fraseo fluían.
Aunque mi oído derecho percibiera dos sonidos ambientales innecesarios, un caramelo que se abría con vida propia y una tos de descontroladas dimensiones, Blechacz centraba la acción y embriagaba entre tanta buena música. Las Variaciones,, de Symanowski, surgían como una mañana primaveral, ante una complejidad interpretativa y un desarrollo ferviente.
No defraudó con Chopin, reservado para el final de esta segunda parte. Sus sincronizadas manos parecían cobrar vida propia en una danzarina interconexión. Quedamos atrapados por el aura de los Nocturnos y, encantados por las posibilidades del piano y su ataque en las Mazurcas con sus reguladores que intensifican la acción o la aminoran en su devaneo.
Tras limpiar el teclado, la heroica Polonesa quedó desmenuzada e intensificada por Rafal Blechacz. Simpáticas propinas ante el agradecido gesto del valor pianístico en auge.
Empezó el jovial pianista con Johann Sebastian Bach y el Concierto italiano en fa mayor. El veinteañero, pese a su aparente fragilidad, embrujó con su impetuoso manejo de la digitación, recordándonos al Gould de los años cincuenta con esa claridad, precisión y velocidades de las que hacía gala. El meditativo y profundo Andante dio paso a un Presto de disfrute y endiablada combinación de teclas.
La Sonata número 17, de Mozart, definió lo camaleónico del joven prodigioso en su manera de entender al salzburgués, adentrándose vertiginosamente en un sinfín de notas. Aunque iba quedando menos tiempo para la llegada de lo mejor de la velada: Szymanowski y Chopin.
Szymanowski, cada vez más y mejor reivindicado por las doctas voces de directores de orquesta como Antoni Wit o Simon Rattle, encuentra en su compatriota al piano a un perfecto interlocutor. El sello amarillo, para quien es artista, debería tenerlo en cuenta para futuros trabajos. Pese a los leves errores de medias teclas y de expresión, ante la velocidad infatigable de Blechacz no había freno. Como si de un juego endiablado se tratara, la naturalidad y la ligereza del fraseo fluían.
Aunque mi oído derecho percibiera dos sonidos ambientales innecesarios, un caramelo que se abría con vida propia y una tos de descontroladas dimensiones, Blechacz centraba la acción y embriagaba entre tanta buena música. Las Variaciones,, de Symanowski, surgían como una mañana primaveral, ante una complejidad interpretativa y un desarrollo ferviente.
No defraudó con Chopin, reservado para el final de esta segunda parte. Sus sincronizadas manos parecían cobrar vida propia en una danzarina interconexión. Quedamos atrapados por el aura de los Nocturnos y, encantados por las posibilidades del piano y su ataque en las Mazurcas con sus reguladores que intensifican la acción o la aminoran en su devaneo.
Tras limpiar el teclado, la heroica Polonesa quedó desmenuzada e intensificada por Rafal Blechacz. Simpáticas propinas ante el agradecido gesto del valor pianístico en auge.