martes, 8 de mayo de 2018

La Gewandhaus de Leipzig pone el broche dorado a la temporada de Ibermúsica



El Ciclo de Conciertos de Ibermúsica cerró su temporada 2017-2018 con dos conciertos de la Orquesta Gewandhaus de Leipzig, la agrupación sinfónica que cumple 275 años en activo y que tiene al letón Andris Nelsons como nuevo director titular.

Nelsons ha demostrado su enorme capacidad musical en los podios de la Ciudad de Birmingham, Sinfónica de Boston y ahora, en la agrupación que conoció a Bach, en Leipzig y que tuvo a directores de la talla de Mendelssohn, Nikisch, Masur, Blomstedt y Chailly entre sus maestros.

Para el primero de los eventos, se programó un concierto netamente romántico, incluyendo las dos últimas composiciones de dos autores, como son el Concierto para piano y orquesta de Beethoven (Quinto, Emperador) y la Cuarta Sinfonía de Brahms.

Cuando escuché por primera vez las interpretaciones de los cinco Conciertos para piano y orquesta de Beethoven, con Yefim Bronfman y la Tonhalle de Zúrich a cargo de David Zinman creí que aquella combinación perfecta entre rudeza en el ataque y lirismo en el discurso no era posible. Hace poco, escuchando a Bronfman en una matiné de la Orquesta Filarmónica de Viena en el Musikverein, interpretando el Segundo Concierto de Bartók y el Tercer Concierto de Beethoven, me di cuenta de nuevo de que por imposible que pareciera aquella versatilidad era real. Ahora, con Ibermúsica de embajadores, Bronfman viene con el Emperador beethoveniano.  Todo fluye de manera natural, con una pulsación clara y de precisión inaudita. Nelsons le secunda, atento. Ante la fabulosa acogida del público asistente, Bronfman supo agradecérselo con dos propinas: una de Schumann y otra de Prokófiev.

Si la Gewandhaus llegó a estrenar las sinfonía de Beethoven en vida del autor de Bonn, no menos importantes son sus referencias brahmsianas, teniendo en cuenta las versiones de Masur, Chailly y Blomstedt, Konwitschny o Abendroth. Para la Cuarta Sinfonía, se ocupó la segunda parte del primero de los conciertos, tomando como referencia la idea del tempo y recordando, a veces, la manera en la que el director de orquesta Carlos Kleiber se acercaba a esta composición.

Para la primera parte del segundo de los conciertos, Thomas Larcher presentó composición de encargo de la Gewandhaus, a modo de obra sinfónica, al estilo de una sinfonía de corta duración en la que dieran cita diferentes intensidades, componentes y estructuras. Chiasma cuenta con el piano como instrumento participante, ya que el autor fue alumno de Elisabeth Leonskaja y nos pudiera recordar algunas veces a las obras de compositores atonales clásicos.

Acto seguido, Mozart se impuso con su tarareable inicio de la Sinfonía número 40. En el Andante la agrupación alemana hizo gala de su categoría, ensamblando todos los componentes y desembocando en los dos movimientos finales, de graciosa factura y a los cuales Nelsons acentuaba en gestos circulares y puntuales.

Pese a la falta de concentración de gran parte del público asistente, lo mejor estaba por venir de la mano de Chaikovski y su célebre Sinfonía número 6 “Patética”. Además, Andris Nelsons tiene una soberbia lectura de la misma en el sello discográfico Orfeo, con la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham. Desde el inicio del Adagio, el tema a cargo del fagot derivó en la orquesta que fue cobrando importancia. Cada instrumentista se iba enlazando en una sintonía perfecta. La cuerda estaba en consonancia con el pasado reciente, en el que Karl Suske era el concertino y que ahora tiene a su hijo Conrad  en el primer atril. El concertino Sebastian Breuninger llevaba el ritmo en todo momento, animando a los suyos. La tradición ortodoxa que retoma Chaikovski, continúa con un tema a modo de ballet y va concluyendo en una marcha que no hace concluir la obra sino que hace un final en teoría apoteósico para acabar terminando con un movimiento a modo de Réquiem. Nelsons mantuvo en alto la batuta, unos segundos, como parte de la partitura y como respeto por el autor y su obra. Una sinfonía cargada de fuerza, brillante y que nos deja suspirando. El tiempo parece como si se hubiera detenido…



Atentos a la próxima temporada de Ibermúsica, en la que escucharemos nuevamente al pianista Yefim Bronfman, vendrán la Filarmónica de Luxemburgo de Gustavo Gimeno, tendremos a la Sinfónica de Londres con Jaime Martín y Nikolái Znaider, Antoni Wit dirigirá a la Orquesta de Cadaqués y a Ray Chen, la Filarmónica de Hamburgo estará presente con Kent Nagano y Veronilka Eberle, Chailly traerá a la Scala de Milán, Vasili Petrenko vendrá con los filarmónicos de Oslo y Juanjo Mena y Javier Perianes se aliarán con los filarmónicos londinenses, el mahleriano Jonathan Nott acudirá con la Joven Orquesta Gustav Mahler… La Philharmonia de Londres acudirá con Askhenazy y Jurowski aparecerá junto a la del Siglo de las Luces y Nelsons repetirá… No os olvidéis que la violinista Anne-Sophie Mutter volverá a estar con nosotros.

viernes, 2 de febrero de 2018

Vladímir Jurowski y la Filarmónica de Londres brillan juntos


Desde principios de marzo de 2017 no escuchábamos a Jurowski y a los suyos. Para esta ocasión (31-1-18), que convocó el Ciclo de Conciertos de Ibermúsica para los melómanos madrileños, los londinenses y su titular desde 2007 prepararon una sesión a medida, encabezada por una pieza de Rimski-Kórsakov, seguida del virtuoso Concierto para piano y orquesta de Grieg y concluida por la magna Sinfonía Patética de Chaikovski.

El poema sinfónico que dio inicio a la velada, estuvo meticulosamente detallado por Jurowski, sabio maestro de la batuta y ruso de nacimiento. El Cuento de hadas de Nikolái Rimski-Kórsakov, posee el misterio y la sorpresa de aquello que encierra su lectura, fiel a la tradición musical de su país, con elementos que evocan a lo misterioso, sin dejar de lado la melodía y el ritmo característicos de su autor. La cuerda queda perfectamente ensamblada y la nocturnidad hace su acto de presencia. Los contrastes quedan bien definidos y la música fluye de manera natural. Momentos estelares tuvieron el concertino Pieter Schoeman, la flautista Juliette Bausor y el clarinetista James Burke.

Recuerdo que una de las versiones que más me han impactado en formato compacto, del Concierto para piano y orquesta de Edward Grieg, es la que tiene a Murray Perahia y a Colin Davis junto a la Orquesta de la Radiodifusión bávara como intérpretes. Para esta tarde se contó con un apasionado y técnicamente impecable pianista, salido de las filas de la Escuela Superior de Música Reina Sofía: Denis Kozhukhin. Su talento viene apoyado por el maestro Bashkírov y el prestigioso sello discográfico PENTATONE, ya cuenta con él, como hizo en su momento con Jurowski.  He de reconocer que el Adagio me parece uno de los movimientos más apasionantes jamás escuchados y que el equilibrio logrado entre solista e intérpretes fue ejemplar. Los movimientos impares demostraron las sobradas capacidades del pianista y lo catapultaron al aplauso grupal de la sala.

Para el final, se iba aproximando una lectura única de la Sexta Sinfonía de Chaikovski, casi al nivel de Temirkanov. Lo poético quedaba desentrañado por Jurowski, que imprime carácter y un temperamento especial a lo largo de los movimientos centrales, para detenerse en el réquiem encriptado del último de los tiempos y que define tanto el estado del compositor como el final de su vida. Desde el inicio, el fagot delimita el punto sombrío que la cuerda desarrolla, Jurowski permanece atento a cada integrante de la agrupación y les sigue de cerca, de una manera estructural y progresiva. Por otra parte, los violonchelos fueron la sección brillante del segundo movimiento, no faltó el énfasis en el tercero de los movimientos de tipo marcial y la melancolía quedó representada a modo de latido final, en el Adagio lamentoso.


Recomiendo encarecidamente la escucha de las Sinfonías de Chaikovski, grabadas por Jurowski y la Filarmónica de Londres, en el Royal Festival Hall de Southbank, con el sello propio de la orquesta: LPO.


lunes, 18 de diciembre de 2017

La Orquesta de Cadaqués suena a Marriner




El viernes, 15 de diciembre, visitaron nuestro Auditorio Nacional de Música madrileño la Orquesta de Cadaqués y el Coro Amici Musicae, junto a la joven pianista Beatrice Rana y el director Gianandrea Noseda. El programa parecía hecho a la medida de uno de los impulsores y director principal de la agrupación, el desaparecido y recordado Neville Marriner. En la primera parte se interpretó el poco habitual Noveno Concierto para piano y orquesta mozartiano y la segunda parte de la velada lo ocupó íntegramente el inconcluso Réquiem de Mozart, finalizado por el experto compositor Franz Xaver Süssmayr.

La Orquesta de Cadaqués estuvo invitada por Ibermúsica, quien ya lo venía haciendo desde el 94, poco después de la fundación de la misma (1988), con músicos nacionales e internacionales. Desde el inicio del proyecto, Marriner, Rozhdestvenski y Entremont se subirían a su podio, para después hacerlo el galardonado Gianandrea Noseda (1998) y el excelente flautista y director orquestal Jaime Martín (2011). 

Este programa netamente mozartiano empezó con la carismática y jovial Beatrice Rana, una pianista que emerge en un panorama musical deseoso de nuevas figuras. Para ella, Bach es el todo y recuerda, en su entrevista en el diario El País, la importancia que para ella tuvo la escucha de las Variaciones Goldberg, interpretadas por Glenn Gould al piano, en 1955. Comenta que la música de Mozart la trabaja menos pero sí ha tocado este Concierto para piano y orquesta número 9 de Mozart y le resulta “muy especial por su espíritu innovador y hasta operístico”. La obra fue encargada por la virtuosa francesa Victoire Jeramy, hija del bailarín Jean-George Novarre y amigo de Wolfgang Amadeus. 

Desde el comienzo, la pieza suena revolucionaria en manos de Beatrice Rana, en la que Mozart destaca el uso del piano desde el inicio, recordándonos mucho a su maestro Haydn. Todo fluye en manos de la orquesta y se compenetra de manera natural con la solista, resultando endiablado por momentos en su Allegro. El segundo de los movimientos, Andantino, representa un movimiento reflexivo y cumbre (escrito en modo menor) para dar lugar a un Rondó precipitado y casi imposible de llevarse a cabo, dado lo vertiginoso del mismo. Mozart transmite su pasión por la vida.

Para complementar estas líneas, escucho de nuevo una de mis versiones favoritas, grabada en el Festival de Salzburgo, el 6 de agosto de 1958, con la Orquesta Concertgebouw de Ámsterdam, el director musical George Szell y el pianista Rudolf Firkusný (SONY). 



Una de las lecturas que del Réquiem mozartiano existen como referentes absolutos fue la realizada para el sello DECCA, por Neville Marriner y su amada Academy y Coro (con László Heltay) de St Martin in the fields. Para los solistas vocales se contó con la soprano Ileana Cotrubas, la contralto Helen Watts, el tenor Robert Tear y el bajo John Shirley-Quirk. Haciendo acto de presencia el difunto y querido Marriner, Noseda supo tratar los tiempos y las dinámicas de su visión del Réquiem, con un homogéneo reparto vocal, capitaneado por las voces femeninas de Christina Poulitsi y Katarina Bradic y secundadas por las intervenciones masculinas de Steve Davislim y Tommi Hakala. El Coro Amici Musicae de Zaragoza creado en 1989 en la Escuela Municipal de Música, supo imprimir carácter y estilo.


martes, 5 de diciembre de 2017

El regalo de Navidad de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León


La Orquesta Sinfónica de Castilla y León cuenta con un altísimo nivel instrumental, además de tener como sede un grandioso Auditorio (Centro Cultural) concebido por el arquitecto Ricardo Bofill, con el nombre de uno de sus literatos más universales y que nació en el número doce, de la Acera de Recoletos, en la Ciudad de Valladolid: Miguel Delibes.

Dicha agrupación posee nada menos que tres directores orquestales: Andrew Gourlay (Director Titular desde 2016), Jesús López Cobos (Director Emérito) y Elihau Inbal (Principal Director Invitado). Cada uno de los cuales imprimen un sello inconfundible a la ya poderosa orquesta pucelana.

Se acercan fechas de gélido invierno a orillas del Pisuerga durante las Navidades y Gourlay y los suyos se anticiparon, decidiendo invitar a sus fieles abonados melómanos a un concierto extraordinario que cerrase el final de 2017. Para ello, contaron con la brillante participación de algunos de los mejores profesores de la Orquesta Nacional de España y de la Sinfónica de Radiotelevisión española sumados al contingente castellano-leonés y al director del conjunto.

El programa del 2 de diciembre de 2017, guardaba una estrecha relación entre el texto y la música, de lo literario en la concepción orquestal. Para ello, se eligió a la excelente divulgadora cultural, Sofía Martínez Villar, que ilustró con su bella voz los pasajes de dos genios de la composición: Chaikovski y Prokófiev.

Del primero, escuchamos su obra La Tempestad, estrenada por Glazunov y que constituye una de sus primeras composiciones de importancia, escrita a modo de fantasía (obertura) y con una clara referencia a William Shakespeare. Las trompas sonaron de un modo casi wagneriano y la cuerda quedó totalmente empastada. La melodía de los violonchelos emocionaba y la madera sonó correcta y redondeada.

La segunda parte del concierto que nos haría pensar que estábamos en tierras rusas, debido a la baja gradación térmica exterior del Auditorio, quedó marcada por la música de Serguéi Prokófiev. De la ópera Guerra y paz, con textos referidos a Lev Tolstói, escuchamos el arreglo realizado por el musicólogo británico Christopher Palmer. Si Tolstói toma como referente a la época zarista de los Romanov y su batalla frente a Napoleón y posterior victoria, Prokófiev relata los episodios del avance nazi sobre las tierras de Stalin (URSS). 

Las vibrantes lecturas de los movimientos, adquirieron especial dinamismo y apoteosis en el Vals, la Mazurca y las cinematográficas Batalla y posterior Victoria.


jueves, 16 de noviembre de 2017

XXIII Temporada de Grandes Conciertos de Otoño en el Auditorio de Zaragoza


La Orquesta Filarmónica Nacional de Armenia y Eduard Topchjan tenían preparado un programa (13 de noviembre) que le hubiera encantado a su anterior director en el podio, Loris Tjeknavorian. En la primera parte se interpretó el Concierto para violín y orquesta de Áram Jachaturián y en la segunda, la Sinfonía número 10 de Dmitri Shostakóvich. Un programa netamente soviético, ahora que se conmemora el aniversario de la Revolución rusa de 1917.



El dificultoso Concierto para violín y orquesta de Áram Jachaturián, iba a haber contado con la solista Anush Nikoghosyan pero se sustituyó por motivos personales por la alemana Sophia Jaffé. De origen berlinés pero residente en Frankfurt, Jaffé posee una destreza que le viene de familia, ya que sus padres han sido integrantes de la Deutches-Symphonie Orchester, en tiempos del joven Lorin Maazel. Uno no puede evitar recordar a David Oistraj con el propio compositor dirigiendo su obra frente a la Orquesta Sinfónica de la Radio de Moscú o con el mismísimo Leonid Kogan junto a la Sinfónica de Boston que conducía Pierre Monteux.



Desde las grabaciones para el sello ASV, sigo los pasos de la entonces Filarmónica de Armenia y, ahora, Filarmónica Nacional. El movimiento lento de la solista quedó engrandecido por su calidad y destreza frente a los rápidos movimientos extremos, correctamente servidos por los músicos de Ereván. Jachaturián destaca el colorido de las regiones de la extinta URSS, pone a prueba al solista con trinos y dinámicas cambiantes y seduce al oyente con melodías cautivadoras. La versión ofrecida estuvo a muy alto nivel, con un más que correcto fraseo e idea de la afinación y una sugerente e hipnótica rapidez.

Jaffé supo agradecer tanto aplauso por parte del público aragonés con una propina interesante por lo inusual de su interpretación, como es la Aurora, de la Sonata número 5 de Ysaÿe.

La Décima Sinfonía de Dmitri Shostakóvich, es una de las mejores de su producción, junto a la Primera, la Quinta, la Séptima, la Novena y la Décimo tercera. Su segundo movimiento, Allegro, fue lo mejor de la obra, destacando el uso grupal de la cuerda, la madera y la percusión. Topchjan posee una idea más debussiana de dirección que la percutiva manera de Tjeknavorian. Dota a la música de Shostakóvich de un alma propia. A pesar de las pasiones y sentimientos que en ella quedan implícitos, la alargada sombra de Stalin y su reciente fallecimiento planeaban sobre la misma. No obstante, en el Allegretto, encontramos la firma musical del autor DSCH (re, mi bemol, do y si).


Por si todo esto no hubiera sido suficiente, como propina nos ofrecieron Topchjan y los suyos, el delicioso Adagio entre Frigia y Espartaco, del ballet del mismo nombre, de Áram Jachaturián. 

Aires bohemios: Jakub Hrůša y la Sinfónica de Bamberg en Madrid


Jakub Hrůša, visitó Madrid recientemente, de la mano de la Orquesta Nacional de España, para el “Carpenter Show”. Ahora lo hizo, apoyado por el Ciclo Ibermúsica, el pasado día 11 de noviembre, en calidad de director titular de la Orquesta Sinfónica de Bamberg. Es, además, director invitado permanente de la Filarmónica Checa como también lo es de la Tokyo Metropolitan Symphony Orchestra (TMSO). De hecho, con motivo del agravado estado de salud de Jiří Bělohlávek y posterior defunción, lo sustituyó al frente de los Filarmónicos checos, durante el Festival Enescu, de Bucarest, demostrando su enorme calidad y dominio de la batuta.

La bonita ciudad bávara de Bamberg, a orillas del Regnitz, posee una orquesta que puso a punto el británico Jonathan Nott, como han dado cuenta los conciertos de La Filarmónica y algunas grabaciones para el sello discográfico Tudor, con el que Hrůša mantiene el contrato. Es una agrupación alemana de tradición bohemia, con lo que la mezcla de estilos queda patente.

Hace dos años grabó Hrůša el ciclo de Mi Patria de Bedřich Smetana, junto a su Sinfónica de Bamberg, desde la Konzerthalle, demostrando su refinamiento y gusto por el detalle, cosa que prevaleció en su interpretación para la primera de las piezas del concierto madrileño, de la mano de Ibermúsica. En esta ocasión, únicamente pudimos disfrutar del Moldava (Vltava), conducido sin partitura, las dos flautistas supieron compenetrarse en ese impetuoso fluir del río praguense, la cuerda sonó ligera y el metal forte, las maderas estuvieron espléndidas y el solo de clarinete imperó haciendo su agradable entrada.



El Concierto para violín y orquesta de Jean Sibelius requiere de un solita de enorme dominio técnico, para lo que se contó con la premiada instrumentista rusa, Viktoria Mullova. Con un sonido árido en algunos pasajes, al modo de Gidon Kremer, no podía dejar de recordar su doble Primer galardón durante el Concurso Sibelius en los años 80, interpretando esta composición o su versión junto a Seiji Ozawa y la Sinfónica de Boston. Su medida del tiempo ha cambiado pero no su destreza y su idea del staccato. La orquesta y ella se compenetraron perfectamente, en una versión reflexiva y sosegada, acompañada siempre por un Stradivarius o un Guadagni.



Recordando uno de los temas de su CD, Stradivarius in Rio, Mullova agradeció al público su entrega y ovación con uno de los temas de inspiración brasileña.


La Novena Sinfonía, del Nuevo Mundo, de Antonín Dvorák, pasará a la historia de la Música como una de las más interpretadas y grabadas. Nuevamente sin partitura y haciendo gala de su otro compositor patrio, se encaramó al podio el maestro checo. Los violonchelos quedaban suspendidos en perfecta armonía frente al ataque de las trompas y el sonido de la flauta resultaba aterciopelado. El tema interpretado en el segundo movimiento por el corno inglés y el oboe quedó redondeado y pareciera como si el tiempo se hubiera suspendido.  Los dos últimos movimientos destacaron por su colorido, ritmo y melodía. 

jueves, 9 de noviembre de 2017

Que vienen los rusos por partida doble




La Orquesta Filarmónica de San Petersburgo y Yuri Temirkanov venían siendo los emblemas del Ciclo de Conciertos de Juventudes Musicales, para ser ahora dos de los pilares de Ibermúsica, en el Auditorio Nacional madrileño.

Se programaron dos eventos (días 5 y 6 de noviembre), para las Series Barbieri y Arriaga, en los que se incluyeron el Concierto para violín y orquesta de Brahms, junto al solista Serguéi Dogadin y la Cuarta Sinfonía de Piotr Ílich Chaikovski, para el primero de los mismos y un  programa netamente caucásico para el segundo, incluyendo dos composiciones de Nikolái Rimski-Kórsakov (La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh y Scheherezade) y en el aniversario del fallecimiento del autor de la Sinfonía Patética, interpretaron Temirkanov y los suyos nada menos que Francesca da Rimini.

Con total humildad y desprendido del divismo de otros, se aproxima el maestro Temirkanov al podio de estilo barroco y de madera añeja que le otorga magisterio y sublime calidad a lo que allí va a tener lugar. Como ya he comentado con anterioridad mi predilección acerca de la manera de dirigir sin batuta del director y su reverencial inicio hacia autores predominantemente rusos o de la órbita, con un gesto de marcada devoción y como si en cada mano poseyera un total de diez batutas, una por cada dedo. No pierde la atención a cada entrada solista y les sigue en conjunto e individualmente con la mirada surgida por encima de sus gafas y con cada una de sus indicaciones.

El primero de los disfrutables conciertos, demostró la sincronía de treinta años de estrecha colaboración, tras la etapa de Evgueni Mravinski. Aunque el Concierto para violín y orquesta de Brahms sea absolutamente magistral, en manos del maestro Temirkanov todo sonaba claro y perfectamente fraseado, como si de una lectura al detalle se tratara. De hecho, esta agrupación recibió varios galardones austriacos por la manera de afrontar la música de Brahms. Serguéi Dogadin posee una indiscutible técnica interpretativa que a veces le hace perder el sentido musical de la obra y su romanticismo, en pos de un sonido algo tosco y no demasiado refinado. Temirkanov, por su parte, subrayó lo poético y dramático de la obra.

Chaikovski y su Cuarta Sinfonía son el ejemplo de la satisfacción que sentía el autor por su obra. Temirkanov posee una idea total de la composición, destacando por el uso del incisivo metal, realzando el tono cálido de las maderas y mimando una cuerda que tocaba al unísono. La percusión fue apoteósica y dejó entrever una conclusión triunfal.


Ante las merecidas ovaciones y los bravos por parte del público asistente, el director de orquesta y los músicos de la orquesta optaron por interpretar una propina deliciosa, como es la Danza de los pequeños cisnes, del Lago de los Cisnes de Chaikovski.

El segundo de los conciertos definía la clara procedencia de sus intérpretes, con un maravilloso programa ruso. Con la Ciudad invisible de Kitezh de Rimski-Kórsakov, Temirkanov destacó la melodía mágica debussiana de la obra, en una especie de impresionismo siberiano, primando el uso de la cuerda y la madera junto a los toques delicados del arpa. Se hacía patente la treintena de años en el podio de la agrupación y la sintonía que desprenden. La percusión hizo su festiva entrada y en ningún momento se perdió el sentido del ritmo.

Chaikovski volvió  a hacer su aparición notable con Francesca da Rimini, pieza sugerida por su hermano Modest, a modo de fantasía orquestal con una utilización imponente de la agrupación filarmónica y con unos compases huracanados incluidos. Es una obra de marcado contenido psicológico y compleja estructura. Temirkanov supo destacar el sonido individual y colectivo otorgando a cada integrante su espacio y personalidad.

El punto final, a modo de las Mil y una Noches, lo puso Rimski-Kórsakov de nuevo, en este caso con su Scheherezade. Para ello, contó con la importante presencia del concertino, Lev Klichkov. La fantasía orientalista se vislumbraba con claridad y quedaron redondeadas las frases orquestales, en un carácter cíclico y casi hipnotizador. Desde el inicio, se imprimió un impactante temperamento a la música y Klichkov nos hacía recordar al mítico concertino de la Gewandhaus en tiempos de Masur, Karl Suske. La intensidad de este poema primó sobre algunos desajustes de entradas minoritarias y concluyó cerrando una página de apasionante lectura y emotiva escucha.


En este caso, la propina no podría ser otra que Chaikovski, conmemorando de nuevo su onomástica y rememorándole con el Pas de deux, del ballet Cascanueces.


Obras, compositores, intérpretes y director para el recuerdo…