lunes, 13 de mayo de 2019

El Alma de la Madre Rusia con Fedoséiev



La Orquesta Sinfónica de la Radio de Moscú ha sido uno de los emblemas de mayor prestigio de la antigua URSS, desde su creación en 1930. Por ella han pasado directores de la talla de Nikolái Golovánov, Aleksandr Gauk, Gennadi Rozhdéstvenski y su titular, desde los años 70, Vladímir Fedoséiev (1932). Desposeída de su denominación radiofónica tras la disolución del bloque soviético, la ahora Orquesta Sinfónica Chaikovski, vino al Auditorio Nacional de Madrid el pasado 9 de mayo, de la mano del Ciclo de Conciertos de La Filarmónica con un programa íntegramente ruso.

La primera de las obras interpretadas fue el afamado Concierto para piano y orquesta número 1 de Piotr Ílich Chaikovski, un compositor que además de defenderlo magistralmente la agrupación moscovita lleva implícito su apellido. Para la parte solista se contó con un músico muy apreciado y querido por La Filarmónica, como es Alekséi Volodin.



Desde el inicio la orquesta  hizo uso de una cuerda refinada y homogénea, unas maderas equilibradas y unos metales que sonaban a tiempos pasados, con ese punto de fuerza desmesurada y al límite de la afinación. Volodin, desde el teclado, posee una pulsación incisiva y contundente que no deja de lado el sentido melódico del Romanticismo. Estamos ante un heredero de la Escuela Pianística Rusa que toma elementos de Sviatoslav Richter y Emil Gilels, salvando las distancias. He de destacar la presencia de las melodías folclóricas ucranianas, las referencias a Chopin y a la Bella durmiente, del propio Chaikovski, al final de la pieza.  Fedoséiev permaneció atento sin solapar la labor del virtuoso Volodin.

En la segunda parte se contó con otro de los compositores que mejor conocen la orquesta y el maestro Fedoséiev: Dmitri Shostakóvich. La Sinfonía número 5 ocupó la última parte del concierto, en una lectura sensacional, llena de emotividad y de dinamismo. La cuerda plasma el terror de la época estaliniana desde el inicio, en el Moderato, pasa a convertirse en marcial en el Allegreto para pasar al Largo que tanto admiraba Leonard Bernstein y terminar en un estilo similar al de Chaikovski pero sin un atisbo de esperanza, en el Allegro non troppo, a modo de antifrase musical.

Para agradecer la acogida del público con sus sonoros aplausos, el director de orquesta interpretó como propina la Danza Española de El Lago de los Cisnes, de Chaikovski. Un guiño precioso hacia nuestro país ya que opina que tanto Rusia como España “compartimos una misma alma profunda”.

Algunas de mis grabaciones favoritas del Maestro Fedoséiev se pueden encontrar en los sellos Relief, Brilliant y Koch, tanto con esta agrupación como con la Sinfónica de Viena, de la que sigue siendo uno de sus principales directores invitados.






sábado, 27 de abril de 2019

Ashkenazy y la Philharmonia con los rusos




La londinense Orquesta Philharmonia con sede a orillas del Támesis, en el Royal Festival Hall de Southbank, recaló en el Auditorio Nacional madrileño para ofrecernos dos eventos melómanos, los días 24 y 25 de abril. Aquí narraré el primero de ellos, compuesto íntegramente por autores rusos y que no tuvo a su flamante director titular, Esa-Pekka Salonen, en el podio, sino al director laureado, Vladimir Ashkenazy para esta gira.

Ibermúsica, a punto de cumplir los 50 años de existencia en defensa de la mejor Música Clásica y los Ciclos de Grandes Orquestas, estableció un completo programa que comenzó con el Concierto para violín y orquesta de Piotr Ílich Chaikovski, con la interesante y joven violinista estadounidense-coreana, Esther Yoo como solista.

Su Stradivarius “Príncipe Obolensky” de 1704 aportó calidez a la interpretación, dotada de una técnica indudable, un manejo del arco con suma destreza y buenos pasajes de estilo camerístico. Podría decirse que su vigor y delicadeza se mostraron a partes iguales durante toda la ejecución de la obra. La grabación que realizaron estos mismos intérpretes para Deutsche Grammophon, en mayo de 2017, sirve de muestra para lo que escuchamos en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional.



Yukiko Ogura, solista de viola de la Orquesta Philharmonia, acompañó a Esther Yoo con el Pasacalle de Haendel para agradecer la entrega del público y los aplausos recibidos gracias a su manera de entender del Concierto de Chaikovski y su correcto uso del tempo.

Vladimir Ashkenazy ha pasado de ser un imponente pianista a dedicarse casi por completo a la dirección y obtener un lugar más que privilegiado por ello. Para su Chaikovski, hizo brillar la sección de cuerda, equilibrada en todo momento, junto a unas maderas comedidas pero acertadas y un metal vibrante.

La segunda parte se hacía esperar, ya que esa especie de “regalo envenenado póstumo” a la memoria de Stalin que es la Décima Sinfonía de Shostakóvich, iba a ocupar la totalidad de la parte final del concierto.

Comienza dramática y sinuosa, con la cuerda grave marcada y algún atisbo lírico, reflejando la situación de la Madre Rusia, con interesantes entradas de la madera que se irán desarrollando. Es un inicio ambiental. Los pizzicatos suenan progresivamente y no dejan de ser inquietantes. El paisaje es desolador, a veces laberíntico. Las entradas de la solista de fagot fueron dignas de mención.

El segundo movimiento tuvo en la sección de metal a sus grandes aliados, gracias también a un conocedor de la obra como es el Maestro Ashkenazy, que tiene en su haber buenas grabaciones con la Sinfónica de Sydney y la Royal Philharmonic. Si a todo esto le sumamos la entrada de los timbales, tenemos el retrato musical del propio Stalin, en un modo totalmente militar.



Se produce un cambio en el tercer movimiento, con un solo de trompa equilibrado pero de una extremada complejidad. El enlace con los pizzicatos de la cuerda y la entrada de la flauta es mágico y con una solista de corno inglés como la de la Philharmonia, el éxito estaba garantizado.

Para el cuarto de los tiempos, las trompas ya no son las protagonistas del inicio sino las maderas encabezadas por el oboe, la flauta y el fagot. Pasamos del Andante al Allegro, en una progresión que vislumbra uno de los finales más apoteósicos y emocionantes de la obra sinfónica de Dmitri D. Shostakóvich.

Para los 50 Años de Ibermúsica tan bien llevados, se proponen dos ciclos nuevos e interesantes. Zubin Mehta volverá de la mano de la Filarmónica de Israel con Haydn y Berlioz primero y con la Filarmónica de Viena más adelante, interpretando a Brahms y Dvorák. Salonen estará presente con Mahler, Beethoven y Berg junto a su Orquesta Philharmonia, la Nacional Filarmónica Rusa (no confundir con la creada por Pletnev) de Spivakov ofrecerá dos conciertos de tinte eslavo y la Filarmónica de Londres tutelada por Vladimir Jurowski contará con dos solistas del arco de excepción, como son Arabella Steinbacher y Nicola Benedetti, para Britten y Elgar. Volverá Mariss Jansons con el sinfonismo de Bruckner y Chaikovski junto a los de la Radio bávara e Igor Levitt para interpretar los conciertos pianísticos de Prokófiev y Mozart. Muy esperado será el evento de la Sinfónica de Bamberg y su nuevo titular, Jakub Hrusa y dos solistas de lujo como son Julia Fischer y Sol Gabetta, para Dvorák y Elgar.

Simon Rattle, despojado de su titularidad berlinesa vuelve a su tierra para ofrecernos dos conciertos con la Sinfónica de Londres, de tintes modernos, con Bartók, Ligeti y Villalobos pero sin dejar al margen su adorado Mahler.

En los Conciertos Extraordinarios, no debemos olvidarnos de destacar al King’s Consort de Robert King y su deseado Mesias haendeliano, un evento con los Niños Cantores de Viena y temas de inspiración mediterránea y el recital a favor de las becas de Juventudes Musicales de Madrid, con el tenor Juan Diego Flórez.

A disfrutar por mucho tiempo de uno de los Ciclos más dinamizadores de la actividad musical madrileña… Muchas Felicidades.

viernes, 1 de febrero de 2019

El cumpleaños de la Filarmónica de Oslo en Madrid



Dentro de los ciclos musicales de Ibermúsica se decidió contar por partida doble con la Orquesta Filarmónica de Oslo, en la celebración de su primer centenario de vida, con el que es su director titular desde la temporada 2013-2014, el maestro ruso Vasili Petrenko. Conozco a Petrenko desde que viniera a dirigir a nuestra Orquesta Nacional de España y cuando los lazos con la Orquesta de Castilla y León se estrecharon y le hicieron ser unos de sus principales  directores invitados.  Compagina su actividad al frente de la Real Orquesta Filarmónica de Liverpool con la de Oslo y, por si esto fuera poco, se sitúa en el podio de la Joven Orquesta Europea y rige la agrupación legada por el estupendo Evgueni Svetlanov, en Rusia. Pronto tomará posesión de su cargo como director de la Royal Philharmonic londinense.

Para esta visita madrileña, Petrenko y los suyos contaron con el pianista macedonio y amigo personal del director, Simon Trpceski, experto en interpretar con brío a Chaikovski, Rajmáninov y Prokófiev.    

                           
                                                                                                                                                   
 Johannes Brahms y sus dos Conciertos para piano y orquesta fueron los elegidos por el virtuoso para cada una de las veladas musicales, imprimiendo el estilo melancólico que requieren y su especial dedicatoria a Clara Schumann.  Su técnica es vertiginosa, incisiva y, a veces, algo libre. Trpceski toca alla rusa con una indiscutible capacidad que no siempre emociona. La orquesta posee un sonido que nos recuerda al maestro Mariss Jansons, por su cuidadas y empastadas cuerdas y maderas y por poseer un metal delicado y una percusión certera pero no abrumadora. Petrenko es detallista y admirador de su escuela nacional, encabezada por Mravinski y seguida por Temirkanov y Jansons. 



No olvidaré nunca la impresión sensacional que me causó el ciclo de sinfonías de Shostakóvich con Petrenko y los músicos de Liverpool.

Jean Sibelius es uno de los compositores que por excelencia se asociaría con la Oslo Filharmonien. Su Quinta Sinfonía empieza sinuosa, como una ráfaga de aire fresco a la que se van incorporando los sonidos de la naturaleza y que pudiera evocar a un Brahms nórdico con ecos de Mahler. Los pizzicatos sonaron acompasados y los cambios de arco en todo momento fueron equilibrados. Flamantes fueron las apariciones de las violas y los violines. No puede uno dejar de acordarse de Paavo Berglund o Kurt Sanderling como conocedores máximos del autor de Finlandia.

Para el segundo de los eventos, la suite sinfónica Sherezade ocupó la parte final del concierto. Según Petrenko, es la unión de su país con Europa y Rimski-Kórsakov se nota que lo disfruta y lo conoce a la perfección. La concertino Elise Batnes hizo de este poema un viaje emocionante y seductor, con melodías populares rusas y lleno del colorido de su extensa tradición.



martes, 8 de mayo de 2018

La Gewandhaus de Leipzig pone el broche dorado a la temporada de Ibermúsica



El Ciclo de Conciertos de Ibermúsica cerró su temporada 2017-2018 con dos conciertos de la Orquesta Gewandhaus de Leipzig, la agrupación sinfónica que cumple 275 años en activo y que tiene al letón Andris Nelsons como nuevo director titular.

Nelsons ha demostrado su enorme capacidad musical en los podios de la Ciudad de Birmingham, Sinfónica de Boston y ahora, en la agrupación que conoció a Bach, en Leipzig y que tuvo a directores de la talla de Mendelssohn, Nikisch, Masur, Blomstedt y Chailly entre sus maestros.

Para el primero de los eventos, se programó un concierto netamente romántico, incluyendo las dos últimas composiciones de dos autores, como son el Concierto para piano y orquesta de Beethoven (Quinto, Emperador) y la Cuarta Sinfonía de Brahms.

Cuando escuché por primera vez las interpretaciones de los cinco Conciertos para piano y orquesta de Beethoven, con Yefim Bronfman y la Tonhalle de Zúrich a cargo de David Zinman creí que aquella combinación perfecta entre rudeza en el ataque y lirismo en el discurso no era posible. Hace poco, escuchando a Bronfman en una matiné de la Orquesta Filarmónica de Viena en el Musikverein, interpretando el Segundo Concierto de Bartók y el Tercer Concierto de Beethoven, me di cuenta de nuevo de que por imposible que pareciera aquella versatilidad era real. Ahora, con Ibermúsica de embajadores, Bronfman viene con el Emperador beethoveniano.  Todo fluye de manera natural, con una pulsación clara y de precisión inaudita. Nelsons le secunda, atento. Ante la fabulosa acogida del público asistente, Bronfman supo agradecérselo con dos propinas: una de Schumann y otra de Prokófiev.

Si la Gewandhaus llegó a estrenar las sinfonía de Beethoven en vida del autor de Bonn, no menos importantes son sus referencias brahmsianas, teniendo en cuenta las versiones de Masur, Chailly y Blomstedt, Konwitschny o Abendroth. Para la Cuarta Sinfonía, se ocupó la segunda parte del primero de los conciertos, tomando como referencia la idea del tempo y recordando, a veces, la manera en la que el director de orquesta Carlos Kleiber se acercaba a esta composición.

Para la primera parte del segundo de los conciertos, Thomas Larcher presentó composición de encargo de la Gewandhaus, a modo de obra sinfónica, al estilo de una sinfonía de corta duración en la que dieran cita diferentes intensidades, componentes y estructuras. Chiasma cuenta con el piano como instrumento participante, ya que el autor fue alumno de Elisabeth Leonskaja y nos pudiera recordar algunas veces a las obras de compositores atonales clásicos.

Acto seguido, Mozart se impuso con su tarareable inicio de la Sinfonía número 40. En el Andante la agrupación alemana hizo gala de su categoría, ensamblando todos los componentes y desembocando en los dos movimientos finales, de graciosa factura y a los cuales Nelsons acentuaba en gestos circulares y puntuales.

Pese a la falta de concentración de gran parte del público asistente, lo mejor estaba por venir de la mano de Chaikovski y su célebre Sinfonía número 6 “Patética”. Además, Andris Nelsons tiene una soberbia lectura de la misma en el sello discográfico Orfeo, con la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham. Desde el inicio del Adagio, el tema a cargo del fagot derivó en la orquesta que fue cobrando importancia. Cada instrumentista se iba enlazando en una sintonía perfecta. La cuerda estaba en consonancia con el pasado reciente, en el que Karl Suske era el concertino y que ahora tiene a su hijo Conrad  en el primer atril. El concertino Sebastian Breuninger llevaba el ritmo en todo momento, animando a los suyos. La tradición ortodoxa que retoma Chaikovski, continúa con un tema a modo de ballet y va concluyendo en una marcha que no hace concluir la obra sino que hace un final en teoría apoteósico para acabar terminando con un movimiento a modo de Réquiem. Nelsons mantuvo en alto la batuta, unos segundos, como parte de la partitura y como respeto por el autor y su obra. Una sinfonía cargada de fuerza, brillante y que nos deja suspirando. El tiempo parece como si se hubiera detenido…



Atentos a la próxima temporada de Ibermúsica, en la que escucharemos nuevamente al pianista Yefim Bronfman, vendrán la Filarmónica de Luxemburgo de Gustavo Gimeno, tendremos a la Sinfónica de Londres con Jaime Martín y Nikolái Znaider, Antoni Wit dirigirá a la Orquesta de Cadaqués y a Ray Chen, la Filarmónica de Hamburgo estará presente con Kent Nagano y Veronilka Eberle, Chailly traerá a la Scala de Milán, Vasili Petrenko vendrá con los filarmónicos de Oslo y Juanjo Mena y Javier Perianes se aliarán con los filarmónicos londinenses, el mahleriano Jonathan Nott acudirá con la Joven Orquesta Gustav Mahler… La Philharmonia de Londres acudirá con Askhenazy y Jurowski aparecerá junto a la del Siglo de las Luces y Nelsons repetirá… No os olvidéis que la violinista Anne-Sophie Mutter volverá a estar con nosotros.

viernes, 2 de febrero de 2018

Vladímir Jurowski y la Filarmónica de Londres brillan juntos


Desde principios de marzo de 2017 no escuchábamos a Jurowski y a los suyos. Para esta ocasión (31-1-18), que convocó el Ciclo de Conciertos de Ibermúsica para los melómanos madrileños, los londinenses y su titular desde 2007 prepararon una sesión a medida, encabezada por una pieza de Rimski-Kórsakov, seguida del virtuoso Concierto para piano y orquesta de Grieg y concluida por la magna Sinfonía Patética de Chaikovski.

El poema sinfónico que dio inicio a la velada, estuvo meticulosamente detallado por Jurowski, sabio maestro de la batuta y ruso de nacimiento. El Cuento de hadas de Nikolái Rimski-Kórsakov, posee el misterio y la sorpresa de aquello que encierra su lectura, fiel a la tradición musical de su país, con elementos que evocan a lo misterioso, sin dejar de lado la melodía y el ritmo característicos de su autor. La cuerda queda perfectamente ensamblada y la nocturnidad hace su acto de presencia. Los contrastes quedan bien definidos y la música fluye de manera natural. Momentos estelares tuvieron el concertino Pieter Schoeman, la flautista Juliette Bausor y el clarinetista James Burke.

Recuerdo que una de las versiones que más me han impactado en formato compacto, del Concierto para piano y orquesta de Edward Grieg, es la que tiene a Murray Perahia y a Colin Davis junto a la Orquesta de la Radiodifusión bávara como intérpretes. Para esta tarde se contó con un apasionado y técnicamente impecable pianista, salido de las filas de la Escuela Superior de Música Reina Sofía: Denis Kozhukhin. Su talento viene apoyado por el maestro Bashkírov y el prestigioso sello discográfico PENTATONE, ya cuenta con él, como hizo en su momento con Jurowski.  He de reconocer que el Adagio me parece uno de los movimientos más apasionantes jamás escuchados y que el equilibrio logrado entre solista e intérpretes fue ejemplar. Los movimientos impares demostraron las sobradas capacidades del pianista y lo catapultaron al aplauso grupal de la sala.

Para el final, se iba aproximando una lectura única de la Sexta Sinfonía de Chaikovski, casi al nivel de Temirkanov. Lo poético quedaba desentrañado por Jurowski, que imprime carácter y un temperamento especial a lo largo de los movimientos centrales, para detenerse en el réquiem encriptado del último de los tiempos y que define tanto el estado del compositor como el final de su vida. Desde el inicio, el fagot delimita el punto sombrío que la cuerda desarrolla, Jurowski permanece atento a cada integrante de la agrupación y les sigue de cerca, de una manera estructural y progresiva. Por otra parte, los violonchelos fueron la sección brillante del segundo movimiento, no faltó el énfasis en el tercero de los movimientos de tipo marcial y la melancolía quedó representada a modo de latido final, en el Adagio lamentoso.


Recomiendo encarecidamente la escucha de las Sinfonías de Chaikovski, grabadas por Jurowski y la Filarmónica de Londres, en el Royal Festival Hall de Southbank, con el sello propio de la orquesta: LPO.


lunes, 18 de diciembre de 2017

La Orquesta de Cadaqués suena a Marriner




El viernes, 15 de diciembre, visitaron nuestro Auditorio Nacional de Música madrileño la Orquesta de Cadaqués y el Coro Amici Musicae, junto a la joven pianista Beatrice Rana y el director Gianandrea Noseda. El programa parecía hecho a la medida de uno de los impulsores y director principal de la agrupación, el desaparecido y recordado Neville Marriner. En la primera parte se interpretó el poco habitual Noveno Concierto para piano y orquesta mozartiano y la segunda parte de la velada lo ocupó íntegramente el inconcluso Réquiem de Mozart, finalizado por el experto compositor Franz Xaver Süssmayr.

La Orquesta de Cadaqués estuvo invitada por Ibermúsica, quien ya lo venía haciendo desde el 94, poco después de la fundación de la misma (1988), con músicos nacionales e internacionales. Desde el inicio del proyecto, Marriner, Rozhdestvenski y Entremont se subirían a su podio, para después hacerlo el galardonado Gianandrea Noseda (1998) y el excelente flautista y director orquestal Jaime Martín (2011). 

Este programa netamente mozartiano empezó con la carismática y jovial Beatrice Rana, una pianista que emerge en un panorama musical deseoso de nuevas figuras. Para ella, Bach es el todo y recuerda, en su entrevista en el diario El País, la importancia que para ella tuvo la escucha de las Variaciones Goldberg, interpretadas por Glenn Gould al piano, en 1955. Comenta que la música de Mozart la trabaja menos pero sí ha tocado este Concierto para piano y orquesta número 9 de Mozart y le resulta “muy especial por su espíritu innovador y hasta operístico”. La obra fue encargada por la virtuosa francesa Victoire Jeramy, hija del bailarín Jean-George Novarre y amigo de Wolfgang Amadeus. 

Desde el comienzo, la pieza suena revolucionaria en manos de Beatrice Rana, en la que Mozart destaca el uso del piano desde el inicio, recordándonos mucho a su maestro Haydn. Todo fluye en manos de la orquesta y se compenetra de manera natural con la solista, resultando endiablado por momentos en su Allegro. El segundo de los movimientos, Andantino, representa un movimiento reflexivo y cumbre (escrito en modo menor) para dar lugar a un Rondó precipitado y casi imposible de llevarse a cabo, dado lo vertiginoso del mismo. Mozart transmite su pasión por la vida.

Para complementar estas líneas, escucho de nuevo una de mis versiones favoritas, grabada en el Festival de Salzburgo, el 6 de agosto de 1958, con la Orquesta Concertgebouw de Ámsterdam, el director musical George Szell y el pianista Rudolf Firkusný (SONY). 



Una de las lecturas que del Réquiem mozartiano existen como referentes absolutos fue la realizada para el sello DECCA, por Neville Marriner y su amada Academy y Coro (con László Heltay) de St Martin in the fields. Para los solistas vocales se contó con la soprano Ileana Cotrubas, la contralto Helen Watts, el tenor Robert Tear y el bajo John Shirley-Quirk. Haciendo acto de presencia el difunto y querido Marriner, Noseda supo tratar los tiempos y las dinámicas de su visión del Réquiem, con un homogéneo reparto vocal, capitaneado por las voces femeninas de Christina Poulitsi y Katarina Bradic y secundadas por las intervenciones masculinas de Steve Davislim y Tommi Hakala. El Coro Amici Musicae de Zaragoza creado en 1989 en la Escuela Municipal de Música, supo imprimir carácter y estilo.


martes, 5 de diciembre de 2017

El regalo de Navidad de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León


La Orquesta Sinfónica de Castilla y León cuenta con un altísimo nivel instrumental, además de tener como sede un grandioso Auditorio (Centro Cultural) concebido por el arquitecto Ricardo Bofill, con el nombre de uno de sus literatos más universales y que nació en el número doce, de la Acera de Recoletos, en la Ciudad de Valladolid: Miguel Delibes.

Dicha agrupación posee nada menos que tres directores orquestales: Andrew Gourlay (Director Titular desde 2016), Jesús López Cobos (Director Emérito) y Elihau Inbal (Principal Director Invitado). Cada uno de los cuales imprimen un sello inconfundible a la ya poderosa orquesta pucelana.

Se acercan fechas de gélido invierno a orillas del Pisuerga durante las Navidades y Gourlay y los suyos se anticiparon, decidiendo invitar a sus fieles abonados melómanos a un concierto extraordinario que cerrase el final de 2017. Para ello, contaron con la brillante participación de algunos de los mejores profesores de la Orquesta Nacional de España y de la Sinfónica de Radiotelevisión española sumados al contingente castellano-leonés y al director del conjunto.

El programa del 2 de diciembre de 2017, guardaba una estrecha relación entre el texto y la música, de lo literario en la concepción orquestal. Para ello, se eligió a la excelente divulgadora cultural, Sofía Martínez Villar, que ilustró con su bella voz los pasajes de dos genios de la composición: Chaikovski y Prokófiev.

Del primero, escuchamos su obra La Tempestad, estrenada por Glazunov y que constituye una de sus primeras composiciones de importancia, escrita a modo de fantasía (obertura) y con una clara referencia a William Shakespeare. Las trompas sonaron de un modo casi wagneriano y la cuerda quedó totalmente empastada. La melodía de los violonchelos emocionaba y la madera sonó correcta y redondeada.

La segunda parte del concierto que nos haría pensar que estábamos en tierras rusas, debido a la baja gradación térmica exterior del Auditorio, quedó marcada por la música de Serguéi Prokófiev. De la ópera Guerra y paz, con textos referidos a Lev Tolstói, escuchamos el arreglo realizado por el musicólogo británico Christopher Palmer. Si Tolstói toma como referente a la época zarista de los Romanov y su batalla frente a Napoleón y posterior victoria, Prokófiev relata los episodios del avance nazi sobre las tierras de Stalin (URSS). 

Las vibrantes lecturas de los movimientos, adquirieron especial dinamismo y apoteosis en el Vals, la Mazurca y las cinematográficas Batalla y posterior Victoria.