jueves, 1 de junio de 2017

Aroma latino en Frankfurt


Andrés Orozco-Estrada posee un brillante currículum como director musical de la Sinfónica de Houston, titular de la Sinfónica de la Radio de Frankfurt y principal invitado de la Filarmónica de Londres. Lo escuchamos en Viena con la Tonkünstler-Orchester Niederösterreich, interpretando el ciclo sinfónico completo de Brahms y algunas de las sinfonías de Mendelssohn, así como la Fantástica, de Berlioz.

Desde 2014 dirige la Orquesta Sinfónica de Houston, con la que parece haberse mimetizado a la perfección para interpretar algunas de las composiciones más representativas de Antonín Dvorák.

Con la Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt, la misma que asociamos a Elihau Inbal y a Paavo Järvi, vino invitado el maestro de gesto espontáneo por el ciclo de conciertos de La Filarmónica. En una primera parte, la aún clásica Sinfonía número 1, de Ludwig van Beethoven. Orozco sonríe a los músicos alemanes y eso se transforma en música. Podría recordarnos en el podio a un Dudamel colombiano, en este caso. Sonó dinámico aunque algo monótono en los cambios rítmicos, con un trazo a veces robusto pero del que supo dejar claro el espíritu haydniano de la obra.

La segunda composición de la primera parte del concierto suscitaba mucho interés, ya que contaba con el afamado violonchelista Gautier Capuçon y se trataba de las Variaciones Rococó, de Piotr Ílich Chaikovski. Pese a una entrada irregular por parte de la orquesta, el experto Capuçon es sino el mejor, sí uno de los mejores virtuosos del instrumento cordófono y en la interpretación de las Variaciones, registradas junto a Valeri Gergiev y los profesores del Mariinski. Por su lado, Orozco-Estrada ya lo registró con los músicos del Meno y Jan Vogler, durante el Festival de Moritzburg.



Las cotas de afinación y entrega del solista superaron todas las expectativas y le hicieron dirigirse al público, haciendo gala de su simpatía natural, para terminar ofreciendo el Canto de los pájaros (Cant dels ocells), de Pau Casals.

Para la parte final del concierto, se optó por la versión de 1947 de La Consagración de la primavera, de Ígor Stravinski, que el director había grabado para el sello Pentatone, con los músicos de la agrupación radiofónica hacía un año. Posee el maestro una notable claridad para desentrañar sonoridades y hacer de esta, una pieza más raveliana que stravinskiana. Faltó algo de la rudeza y del carácter tempestuoso de la misma que aún así quedó muy bien resuelta y que nos hizo pensar que estábamos ante una de las obras magistrales del pasado siglo XX.




martes, 30 de mayo de 2017

Yuri Temirkanov y Leticia Moreno hacen sonar a la Madre Rusia


El pasado lunes, 22 de mayo, tuvo lugar un encuentro interesante y ya constatado en versión discográfica (Deutsche Grammophon) entre la poderosa y vibrante Orquesta Filarmónica de San Petersburgo y su titular desde la época posterior a Evgueni Mravinski, Yuri Temirkanov y la violinista española Leticia Moreno, con una maestría claramente en alza.

Siente Temirkanov una especial afinidad con la música de Shostakóvich, habiendo grabado casi la totalidad de sus sinfonías y sintiéndose especialmente cómodo en la Quinta, Séptima, Décima y Decimotercera. Entre el disco grabado con Moreno y los filarmónicos de San Petersburgo y el concierto comentado han transcurrido tres años para percibir un progreso en la carrera artística de Leticia, un valor en auge formado por Maxim Vengerov y que Juventudes Musicales de Madrid supo impulsar. Contó siempre con el apoyo del mítico violonchelista y director de orquesta ruso, Mstislav Rostropóvich y hace gala de tan bellos recuerdos.

Para interpretar el Primero de los Conciertos para violín y  orquesta, de Shostakóvich hace falta poseer una destreza en el arco sin igual, tener capacidad para el ataque y tener un asombroso sentido del ritmo. En esta obra se dan diferentes estados anímicos que van desde lo humorístico al sentido más amargo del sufrimiento humano. La prolongada estela de Stalin se deja entrever mientras el compositor va variando su percepción en el avance de los movimientos. Si David Oistraj fue un magistral intérprete de la misma junto a Mravinski en la fecha de su estreno, Leticia Moreno supo ser una fiel solista capaz de emocionar y ser toda una virtuosa en el escenario de la Sala Sinfónica del Auditorio madrileño.



El concierto se inició con una de esas piezas típicamente rusas que animan al espectador a que aprecie el precioso arte de la Música. Me refiero a la obertura de la ópera Ruslán y Ludmila, de Mijaíl Glinka, una pieza de un romanticismo sin igual, plagada del folclore caucásico y elementos orientalistas sumados al exquisito conocimiento melódico del compositor. Glinka visitó y se sintió embriagado por nuestro país, al que le dedicó algunas páginas y cuya placa conmemorativa se encuentra en la calle Montera.


El detallismo de Temirkanov hace que uno perciba cómo sus manos parecen poseer diez batutas. Para ello, en la Sinfonía Patética, de Piotr Ílich Chaikovski supo extraer la esencia, los aspectos líricos y los marciales, la poesía interior y el dramatismo final, a modo de Réquiem con conocimiento o no del autor (eso nunca lo sabremos). El fagot inicia desde lo profundo del corazón de Piotr Ílich su camino hacia el despliegue del resto de la orquesta. Con el segundo movimiento queda patente el complejo y empastado sonido de la cuerda del antiguo Leningrado y en el penúltimo de los tiempos, las maderas y metales relucieron. Parece complicado evitar el aplauso ante tan apoteósico y marcial pero merece la pena contener la respiración para sumergirnos en el último tiempo, el más reflexivo y vital. Pocas versiones describen el lamento final como la de Sergiu Celibidache y la Orquesta Filarmónica de Múnich (EMI) aunque Temirkanov contuvo la cadencia de los violonchelos y contrabajos hasta el último instante, segundos antes del aplauso. 

sábado, 1 de octubre de 2016

Concierto inaugural de la temporada en la Fundación Juan March, con Iván Martín


Lleno absoluto el producido por el comienzo de la nueva temporada de Conciertos de la Fundación Juan March, a manos del enérgico y cuidadoso pianista canario, Iván Martín y su conjunto, el Ensemble Galdós.  Los dos maravillosos compositores elegidos fueron Wolfgang Amadeus Mozart y Johann Sebastian Bach, quienes a través de sus Conciertos para piano (clave) y orquesta, interpretados por los jóvenes músicos a modo de orquesta de cámara, hicieron las delicias de los allí presentes.

Iván Martín se desenvuelve con soltura ante la interminable creatividad del kantor de Leipzig y su obra BWV 1055, en sus tiempos Allegro, Larghetto y Allegro ma non tanto. Usa comedidamente el pedal y su teclado parece quedársele corto, en una continua acentuación de notas que llenan el espíritu y suscitan una sonrisa de disfrute. La reflexión se hace patente en los movimientos intermedios, tanto en sus Larghettos, como en sus Andantes o Adagios.

Presten especial atención al Largo, del Concierto para clave (piano) y orquesta, BWV 1056, que resulta ser una muestra de la mente creadora del maestro Bach, uno de los padres de lo de que hoy denominamos como Música Barroca y que suena sacro en los momentos trascendentales y vivaldiano en los apresurados. Suele decirse que los ritmos sincopados del Jazz provienen de Beethoven, aunque yo diría que no, que ya Bach se anticipó a ellos.

Martín recuerda a David Fray en muchas ocasiones, desarrollando con calidez cada uno de los matices, manteniendo un tiempo siempre correcto y acompañado por algunos de los componentes de su ensemble, la Galdós.

Iván se siente cómodo tanto en Bach como en Mozart y aunque destaca las delicias del primero, es un intérprete sumamente musical, cercano  al segundo. Si el pianista  Alfred Brendel define lo humorístico de Haydn en la Música, Mozart será su continuador inmediato. En su versión del Concierto para piano y orquesta KV 107/1, Martín se centra en el precioso Andante para recordarnos la galantería clásica en el Tempo di menuetto.


La temporada de la Fundación March, se plantea muy interesante y variada. Un ciclo de Músicas que nos ayudarán a meditar dará paso a otro de Beethoven y Schubert al fortepiano, con figuras de la talla de Andreas Staier, Bart von Oort, Kristian Bezuidenhout y Arthur Schoonderwoerd. La Música en las monarquías del Antiguo Régimen, nos llevará por las cortes del emperador Carlos V y del melómano Enrique VIII y el Jazz hará su incursión con un destacable Jerry González Trío. Pascal Rogé se acercará a Debussy  y Ligeti, Messiaen y Scriabin serán bienvenidos gracias a jóvenes intrépidos del teclado. Los más plausible y elemento motor para un futuro algo más humanista, vendrá de la mano de dos ciclos: Conciertos en familia y eventos didácticos. 

martes, 20 de septiembre de 2016

Gianandrea Noseda con la Sinfónica de Londres


Vino el director de origen italiano, Gianandrea Noseda, con la orquesta de la que es segundo maestro invitado, la Sinfónica de Londres. El primero de los dos conciertos, ofrecidos en Madrid, gracias a Ibermúsica, empezó con la Obertura de la ópera Los Maestros Cantores de Núremberg, de Richard Wagner, para seguir con el poema sinfónico, El Mar, de Claude Debussy y finalizar, con la Sinfonía número 5, de Dmitri Shostakóvich. El día posterior, los londinenses comenzaron con una Obertura de Verdi, en este caso de la ópera Las Vísperas Sicilianas, prosiguió la velada con el Concierto para trompeta y orquesta en mi bemol mayor, de F.J. Haydn y concluyó con la Sinfonía número 2, de Serguéi Rajmáninov.

El eclecticismo del maestro Noseda, muy habitual en la escena británica y batuta sabia en Cadaqués, le hace dirigir a los habituales del repertorio sinfónico sin parpadear demasiado a la hora de enfrentarse a nuevas partituras y a compositores no del todo conocidos.

La Orquesta Filarmónica de la BBC (ahora con el español Juanjo Mena al frente), tuvo en Noseda a un director capacitado pero algo variable en sus conceptos globales, apoyado en las lecciones de los maestros Valeri Gergiev y Myung-Whun Chung. Pudo revitalizar las figuras de Casella, Petrassi, Respighi y Castiglioni, que le son muy cercanos. No se olvidó de dos genios del siglo XX a los que adora, como son Prokófiev y Bartók y ha dirigido con énfasis a Rajmáninov.

Para la primera de las tardes melómanas, Noseda se enfrentó a un autor del que no es un usual defensor, como es Wagner. Recuerdan sus giros a los de Gergiev, en mucho de los ataques, aunque se echa en falta algo de poesía en el fraseo. Su Debussy, sonó bastante empastado, con momentos solistas brillantes y su Quinta de Shostakóvich estuvo muy inspirado por el maestro ruso, de quien fuera alumno aventajado. En el sello discográfico Chandos, podemos hacernos una idea de su devoción por el autor, del que destaca siempre su capacidad para lo rítmico, desatando todo un despliegue de medios instrumentales. Grabó los Conciertos para violonchelo y orquesta, junto a la Radio Danesa y el solista Enrico Dindo y las más inhabituales obras sobre Michelangelo, con la Filarmónica de la BBC.

La Sinfónica de Londres ha grabado uno de sus mejores discos con Noseda. Se trata del Réquiem de Guerra, de Benjamin Britten. Aunque si cabe, lo más destacable del álbum, sea el elenco vocal, del que destacan: Sabina Cvilak (soprano), Ian Bostridge (tenor), Simon Keenlyside (barítono).

Ayudó a destacar el poderío de Verdi tanto en el monográfico de la creciente Anna Netrebko como del variable Rolando Villazón, ha dirigido la música sacra del italiano en Turín y nada menos que dos fabulosas óperas: Aida y Don Carlo. En el último concierto de Madrid, la obertura de Las Vísperas, sonó arrebatadora.

Haydn no parece ser un plato del gusto de Noseda, pero sí del solista de trompeta de la Sinfónica de Londres, Philip Cobb, que lo realizó con soltura, homogeneidad y afinación.


Su Rajmáninov fue lo mejor de la tarde-noche, aunque se echara de menos la melancolía de un Previn o de un Sanderling. A Noseda lo ruso le viene de lejos, de sus años en el Mariinski…

Debo destacar la excelente sonoridad de la Orquesta Sinfónica de Londres, con sede en el Barbican Centre de la City. La prestigiosa agrupación cuenta con Simon Rattle, como director musical desde la salida de Valeri Gergiev y con dos maestros invitador de primer orden: el mencionado Noseda y Daniel Harding.


Resalta la calidez de la madera, el brío de los violines a manos del ejemplar Carmine Lauri y los violonchelos con el afamado Tim Hough ubicado en el primer atril. El metal sonó vibrante y apoteósico en las dos sinfonías, muy equilibrado y riguroso. 

Estén muy atentos al programa extraordinario que Ibermúsica tiene preparado para el día 28 de septiembre, a cargo de los estupendos Niños Cantores de Viena, con un variado y suculento concierto que hará las delicias de grandes y pequeños. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Temirkanov o el director de las diez batutas


Al final se optó por la recepción de la Orquesta Filarmónica de la antigua Leningrado, con su director tras la “era Mravinski”, Yuri Temirkanov, en lugar de la Sinfónica de Dallas, que tiene en Jaap van Zweden a su nuevo titular. El repertorio de los rusos de San Petersburgo, no fue otro que el protagonizado por grandes compatriotas del nivel de Rajmáninov, Shostakóvich y Prokófiev. Para tales eventos, se contó con la participación de un buen pianista, como es Andréi Korobeinikov y de un coro español, de la talla del Orfeón Pamplonés.



Para el primero de los dos conciertos que ofrecieron los rusos en Madrid, se contó con la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Serguéi Rajmáninov. Desde el inicio, Korobeinikov se ensambló con la orquesta, sin hacer demasiados alardes de virtuosismo en un continuo fluir de accelerandos y diminuendos. No parecía un solista y una orquesta o viceversa, sino un piano dentro de la agrupación sinfónica. Los momentos lentos incrementaban su valía artística y en los pasajes de mayor énfasis, destacó por una enorme capacidad percutiva pese a estar desligada del sentido del fraseo.

Esta última obra concertante de Rajmáninov, posee la sabiduría acumulada tras una vida dedicada al instrumento del que tantas veces había sido intérprete, homenajeando aquí a su admirado compositor y violinsta, Niccolò Paganini. La obra adquirió tales dimensiones que sería estrenada en el Covent Garden londinense en forma de ballet, utilizando el Capricho número 24, del autor italiano.

Si por algo destaca esta maravillosa obra es por su capacidad dramática y en, cierta medida, también por su virtuosismo global.

Desde el Concurso Scriabin de Moscú en 2004 y el Festival de la Roque d’Antheron, Korobeinikov se ha ido especializando en interpretar autores rusos y del repertorio clásico y romántico europeo.




La segunda parte, la ocupó íntegramente la Sinfonía número 7, llamada Leningrado, de Dmitri Shostakóvich. La rotundidad de la cuerda, la intensidad y precisión de la caja y lo impetuoso del metal, reflejan el dramatismo y poderío de la composición. Por un lado marcan  el asedio de los nazis y según el autor, también el horror de las purgas estalinistas. La obra se debate entre la desolación y el horror y la posibilidad lejana de un futuro mejor. Versión intensa la de Temirkanov y los suyos, en la que se palpaba el acercamiento de las tropas, desde la caja,  y opresión sobre la ciudad que lleva su nombre a cargo de los dictadores de cualquier índole. Por cierto, una fabulosa lectura la suya que quedó registrada hace tiempo por el sello RCA y que volvieron a registrar en 2010, para el sello Signum. En Temirkanov nada es a medias, todo suena apasionado y vigoroso. El director de orquesta prescinde de la batuta porque, según dice, “para qué usarla cuando puedes tener diez batutas trabajando con las manos”.



El segundo de los conciertos, comenzó con el Primer Concierto para violín y orquesta, de Shostakóvich. El solista fue el joven virtuoso ruso Serguéi Dogadin, quien puso destreza y entrega en una compleja obra llena de claroscuros. Toca un soberbio Guadagni de 1765 del que supo extraer sus notas más graves, en algunos momentos de claro lamento. Impecable y dinámico resultó el final de la interpretación del talentoso músico, heredero del legado dejado por David Oistraj, el emblema del arco ruso a quien iba dirigida la composición del mismo.  Tiempos convulsos, de una enorme privación de libertad en la era Zdánov, que hicieron que Shostakóvich radicalizara su pensamiento musical y plasmara la situación histórica y política en un pentagrama.



A Temirkanov le fue encargada la importante tarea de dirigir la reconstrucción, de la banda sonora de la película de Eisenstein, Alexandr Nevski, de Serguéi Prokófiev. Se nota que al director de orquesta le apasiona dirigirlo y para esta ocasión no vino con un Coro ruso, sino que se contó con el capacitado Orfeón Pamplonés, poseedor de un estupendo equilibrio vocal. La voz solista de Olesia Petrova sirvió para representar a la Madre Rusia, en un bello ejercicio de semi-escenificación, saliendo desde el lateral del escenario. Rusia queda representada desde su ocupación de los mongoles y narra la victoria de Nevski sobre los teutones.


Prokófiev representa en esta cantata un importante trabajo que le hará colaborar en otras genialidades de Eisenstein, como El acorazado Potemkin y Octubre.  

miércoles, 4 de mayo de 2016

El kapellmeister Herbert Blomstedt



El Ciclo de Conciertos de Ibermúsica propuso al veterano y entregado director de orquesta, Herbert Blomstedt y a la Orquesta Philharmonia de Londres, para interpretar en dos fechas las bellas partituras de Mozart (Sinfonía número 39) y Beethoven (Pastoral y la Sinfonía número 7) y la conocida como Sinfonía Romántica, la Cuarta, de Anton Bruckner.

Herbert Blomstedt pertenece a una generación de maestros de la batuta que va diluyéndose con el paso del tiempo y que a sus casi noventa años, sigue haciendo giras por el mundo, defendiendo el gran repertorio germánico y nórdico. Americano de nacimiento pero sueco de origen, estudió en Estocolmo y Uppsala, se formó con Ígor Markevich y pasó por diferentes agrupaciones hasta llegar a la Radio Danesa, de la que actualmente es su Director Honorífico. Durante diez años se puso al frente de la Staatskapelle de Dresde (1975-1985), una etapa fructífera que duraría hasta la toma de posesión de su cargo en la Sinfónica de San Francisco. Ahora sigue apareciendo como brillante invitado en otra de las ciudades de la antigua RDA, me refiero a la Gewandhaus de la encantadora Leipzig.

Siempre se ha distanciado de la ópera, aunque su versión de Leonore, que dio paso a Fidelio, de Beethoven, haya sido insuperable. Su ciclo sinfónico schubertiano y su ideal beethoveniano, son dos de los ejemplos clave en su etapa en Dresde. En Leipzig ha fomentado la programación de su querido Anton Bruckner y en San Francisco hizo uno de los mejores ciclos sobre Nielsen que se puedan encontrar en CD, mejor aún que el que realizó en Dinamarca. Richard Strauss y Mendelssohn han sido dos de sus fuertes, con momentos clave, como la celebración que realizó la Gewandhaus  en su aniversario como director y con el apoyo de Thibaudet, para el segundo de los autores, interpretando los conciertos del autor de El sueño de una noche de verano.


Uno de los compactos que representan su impronta mozartiana, es el que realizara junto a Edda Moser (su querida Leonora beethoveniana), en un disco que compila sus arias en concierto, magistralmente desarrollado. Una de las versiones de Peer Gynt, de Grieg, es la suya, con la Sinfónica de San Francisco, en una toma con toda su ornamentación argumental.



Herbert Blomstedt posee un cuidado especial para los matices, suele vérsele dirigir sin usar ni la batuta ni la partitura y marca con elegancia los compases y las diferentes entradas solista. Conoce su repertorio, que sin ser extenso, resalta siempre con detalle y precisión.

Su Beethoven es un referente absoluto, con una musicalidad y una belleza estructural que se palpa. Sacó de los maestros londinenses lo mejor de sí mismos, recordando a una Staatskapelle. Lo comedido del tempo quedaba definido con sabiduría para resolverlo con un ataque o una marcada acentuación. Blomstedt posee un estilo musical definido por el sentido estético y musical. Recuerda su lectura de la Pastoral a aquella frase dicha por Bruno Walter, acerca de que para dirigir esta sinfonía uno tiene que amar la naturaleza. La vida diría yo. Este octogenario, casi nonagenario, posee una soberbia capacidad memorística, una palpable simpatía y una entrega total a la música, los intérpretes y el público.



Si la Pastoral podría tratarse como una obra descriptiva, la Séptima, posee los indicativos suficientes para hacerla una composición magistralmente reflexiva, perfecta en su conjunto y con unas dosis de biográfica.

Su visión de la Sinfonía número 39, de Mozart, se realizó con una filosofía de gran envergadura, definiendo la pieza en un recordatorio haydniano, con enormes dosis de estructuración y enfatizando la frescura de la pieza, sin dejar de lado sus silencios como partes de la obra. El director de orquesta Otmar Suiter, alumno de Clemens Krauss y uno de los genios olvidados de la DDR, hablaba sobre la sensibilidad que transmite esta pieza y su maravillosa musicalidad.

Para dirigir a Bruckner uno tiene que tener la capacidad de entender a Mahler y viceversa. La Cuarta de sus Sinfonías parece una consecuencia lógica del avance que tienen las Sinfonías de Brahms y el peso de la fe y la naturaleza del Hombre.



La Philharmonia de Londres, que esta vez no vino regida por su titular, Esa-Pekka Salonen, se entregó a fondo, con una bella y joven solista de trompa, unos poderosos trombones y el atento fraseo y la musicalidad de las maderas y las cuerdas. La reflexión estuvo al servicio de una música que a veces suena impetuosa, apabullante y vigorosa, pero otras respira paz, armonía campestre y lucidez. Bruckner parece que toca un maravilloso y grandioso órgano, en forma de orquesta sinfónica. Esta es la Romántica, la Cuarta Sinfonía, de un autor que desprende multitud de ideas mientras desarrolla muchas otras.


Ojalá que Blomstedt visite nuestro país con mayor frecuencia. Siempre es un placer inenarrable verlo subido al podio de nuestro madrileño Auditorio Nacional. Por lo pronto, hará su incursión el Festival de los Proms de la BBC, a finales de agosto de este 2016, junto al pianista húngaro Andras Schiff, para interpretar a su cuidado Beethoven, con el apoyo de la Gewandhaus de Leipzig, en un programa que incluirá la Obertura de Leonora (número 2), el Concierto para piano y orquesta número 5 y la Séptima Sinfonía. 

martes, 26 de abril de 2016

Programa eslavo en la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales


Interesante fue el concierto ofrecido el domingo 24 de abril de 2016, a cargo de la OCNE, acompañados por la directora oriental, Xian Zhang, nombrada responsable musical de la Orquesta Sinfónica de Nueva Jersey y que lleva ocupando los podios de agrupaciones tan señeras como la Sinfónica de Milán y la Orquesta de la BBC de Gales. La briosa y temperamental artista, se subió al escenario madrileño con tres partituras de gran personalidad, como son la Marcha eslava y el Concierto para violín y orquesta, de Chaikovski (con el soberbio Ray Chen) y la Misa Glagolítica, de Leos Janácek, con un equilibrado plantel de voces solistas, nuestro cada vez más cuidado Coro Nacional y el valor añadido del grandioso órgano de la Sala Sinfónica.

Siempre que escucho una nueva versión de la Marcha eslava, de Piotr Ílich Chaikovski, me retrotrae a una grabación de la que guardo un especial cariño, como es la que efectuara el siempre añorado Claudio Abbado, en su etapa al frente de la Sinfónica de Chicago. La progresión ascendente de esta obra y marcada en diferentes escenas o episodios, la hace tremendamente gráfica y puede ser complementaria de la Obertura 1812, de un carácter épico y nacionalista, a mayor honra del Zar.



En el Museo Glinka, se conserva la partitura original de esta Marcha serbio-rusa sobre temas folclóricos eslavos, que comienza con las cuerdas graves y se va posicionando hacia los instrumentos de sonido agudo, al inequívoco ritmo de los metales y el tempestuoso uso de la percusión. Todo fluyó voluminoso con un especial ímpetu en el sabor belicoso de la obra. Preciosa acentuación de la madera, tan cálida y representativa de la obra de Chaikovski. La directora invitada desplegó su potencial energético en el podio.

 El poder rítmico de la partitura nos sitúa frente al anticipo de lo que vendrá en llamarse la Guerra de Oriente (1875-1878), que declaran los serbios al Imperio Otomano, con la ayuda de los rusos. Como escribe el Comité Internacional de Cruz Roja: “Tras el debilitamiento del imperio otomano, se desarrollan los movimientos nacionalistas en las provincias cristianas de los Balcanes. En agosto de 1875, estalla la insurrección en Herzegovina y, posteriormente, en Bosnia y Bulgaria. Una sangrienta represión ocasiona el éxodo de las poblaciones cristianas hacia las regiones de Montenegro y Serbia. En junio de 1876, estos dos principados declaran la guerra al Imperio Otomano. Ya en otoño sus ejércitos son vencidos. Pero Rusia, aliada de Montenegro y de Serbia, tras haberse asegurado de la neutralidad de Austria-Hungría, envía sus tropas a los Balcanes, el 13 de abril de 1877. Los enfrentamientos tienen lugar en el Cáucaso y en los Balcanes; las tropas otomanas son derrotadas en los dos frentes y el Imperio Otomano pide el armisticio el 31 de enero de 1878”.

Ray Chen es uno de los violinistas más talentosos del momento, perteneciente al selecto grupo de “protegidos” por el maestro Yehudi Menuhin, del que se conmemora una centuria del aniversario de su cumpleaños, que tuvo lugar el 22 de abril de 1916. De hecho, Chen, interpretó junto a la Orquesta Philharmonia, de Londres, el Concierto para violín y orquesta, de Brahms, en el evento de apertura del Concurso Menuhin, en el Royal Festival Hall.

Para interpretar el sobradamente famoso Concierto para violín y orquesta, de Chaikovski, Chen utilizó su Stradivarius Joachim, de 1715, perteneciente al virtuoso y compositor húngaro amigo de Brahms y de los Schumann, Joseph Joachim. Posee este joven talentoso una técnica impecable, un fraseo clarísimo y una delicadeza que hace suspirar en cada pasaje.
Los primeros violines dan paso al solista, en un Allegro Moderato que desemboca en la encantadora Canzonetta y concluye con el descomunal Allegro Vivacissimo.  Tuvo el detalle de ofrecernos una valiosa propina: la Gavotta en rondeau, de la Partita número tres, de Johann Sebastian Bach.


Para el sello Sony, Chen ha grabado varios conciertos de Mozart, apoyado por Christoph Eschenbach y la Orquesta del Festival de Schleswig Holstein, un disco denominado “Virtuoso”, con diversas composiciones para violín y piano y los Conciertos para violín y orquesta, de Mendelssohn y Chaikovski, junto a la Orquesta Sinfónica de la Radio Sueca, liderada por el británico Daniel Harding.


En la segunda parte del concierto, se optó por la Misa Glagolítica, de Leos Janácek, una impactante obra que parece una cantata victoriosa para elogiar el principio de la lengua checa y que se compuso en la etapa final de vida de su autor, consta de ocho números y se dan cita la gran agrupación sinfónica, un coro amplio y mixto, cuatro voces solistas (soprano, tenor, mezzosoprano y barítono) y órgano, en uno de los movimientos como instrumento solista.


Janácek hereda el lenguaje de Dvorák y aunque en idea vuelve a los inicios de la civilización, le otorga una melodía y una rítmica actuales. Le llevó casi veinte años concluir tan magna composición. Aquí, el elenco vocal quedó representado con corrección por Susanne Bernhard (soprano), Charlotte Hellekant (mezzosoprano), Michael König (tenor) y Derek Welton (barítono). Por fin podemos disfrutar del maravilloso órgano de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, bajo la atenta tutela de Daniel Oyarzabal.