Para ir finalizando el atractivo Festival de Verano, situado
en el Teatro Auditorio escurialense, de nuestra sierra madrileña, se contó con
un elegante montaje de Las Bodas de
Fígaro, del genial Mozart, que ya había cosechado aplausos en el Festival
dei 2Mondi, de Spoleto y en el Internacional de Cartagena, de Colombia. Teniendo en cuenta tan especial evento (22-julio), se contó con un
reparto homogéneo, encabezado por un barítono de enormes posibilidades, como es
Lucas Meachem (Conde de Almaviva), secundado por una válida soprano como es
Carmela Remigio (Condesa de Almaviva), seguida por una tremenda Katerina
Tretyakova (Susanna), junto a un Simón Orfila que lo da todo como Fígaro y un
Cherubino que estuvo en todo momento simpático, en manos de Clara Mouriz.
Mozart hizo acto de presencia, destacando, en “Se vuol
ballare, signor contino”, “Non più andrai” (Fígaro), “Voi che sapete”
(Cherubino), “Porgi, amor” (Condesa) y "Venite inginocchiatevi..."
(Susanna).
Yi Chen Lin había dirigido la producción castellana de Carmen, en el Teatro de la Zarzuela,
junto a María José Montiel, y si entonces supo conectar con la Orquesta y Coro
de la Comunidad de Madrid, aquí, en Mozart, supo sacarle todo su jugo. La
orquesta se amoldó a la directora de orquesta oriental y ella a los músicos, en
un mismo ideal por hacer buena música juntos.
El montaje resultó algo carente en elementos pero recurrió al
estilo clásico de la época, con un variado uso de vestuarios y aproximaciones a
lo goyesco, rico en colorido y tendente, en ocasiones, a lo barroco. Un lleno
absoluto justificaba tan importante momento operístico, aplaudiendo con
efusividad tan equilibrada función.
Si ustedes no han podido asistir a ninguna de las dos
funciones de El Escorial, no se preocupen porque la Quincena Musical
donostiarra acogerá a Mozart con todo lo visto aquí, el 13 de agosto, en San
Sebastián.
Andrés Orozco-Estrada posee un brillante currículum como
director musical de la Sinfónica de Houston, titular de la Sinfónica de la
Radio de Frankfurt y principal invitado de la Filarmónica de Londres. Lo
escuchamos en Viena con la Tonkünstler-Orchester
Niederösterreich, interpretando el ciclo sinfónico completo de Brahms y algunas
de las sinfonías de Mendelssohn, así como la Fantástica, de Berlioz.
Desde 2014
dirige la Orquesta Sinfónica de Houston, con la que parece haberse mimetizado a
la perfección para interpretar algunas de las composiciones más representativas
de Antonín Dvorák.
Con la Orquesta
Sinfónica de la Radio de Frankfurt, la misma que asociamos a Elihau Inbal y a
Paavo Järvi, vino invitado el maestro de gesto espontáneo por el ciclo de
conciertos de La Filarmónica. En una primera parte, la aún clásica Sinfonía número 1, de Ludwig van
Beethoven. Orozco sonríe a los músicos alemanes y eso se transforma en música.
Podría recordarnos en el podio a un Dudamel colombiano, en este caso. Sonó
dinámico aunque algo monótono en los cambios rítmicos, con un trazo a veces
robusto pero del que supo dejar claro el espíritu haydniano de la obra.
La segunda
composición de la primera parte del concierto suscitaba mucho interés, ya que
contaba con el afamado violonchelista Gautier Capuçon y se trataba de las Variaciones Rococó, de Piotr Ílich
Chaikovski. Pese a una entrada irregular por parte de la orquesta, el experto
Capuçon es sino el mejor, sí uno de los mejores virtuosos del instrumento
cordófono y en la interpretación de las Variaciones, registradas junto a Valeri
Gergiev y los profesores del Mariinski. Por su lado, Orozco-Estrada ya lo
registró con los músicos del Meno y Jan Vogler, durante el Festival de
Moritzburg.
Las cotas de
afinación y entrega del solista superaron todas las expectativas y le hicieron
dirigirse al público, haciendo gala de su simpatía natural, para terminar
ofreciendo el Canto de los pájaros
(Cant dels ocells), de Pau Casals.
Para la parte
final del concierto, se optó por la versión de 1947 de La Consagración de la primavera, de Ígor Stravinski, que el
director había grabado para el sello Pentatone, con los músicos de la
agrupación radiofónica hacía un año. Posee el maestro una notable claridad para
desentrañar sonoridades y hacer de esta, una pieza más raveliana que
stravinskiana. Faltó algo de la rudeza y del carácter tempestuoso de la misma
que aún así quedó muy bien resuelta y que nos hizo pensar que estábamos ante
una de las obras magistrales del pasado siglo XX.
El pasado lunes, 22 de mayo, tuvo lugar un encuentro
interesante y ya constatado en versión discográfica (Deutsche Grammophon) entre
la poderosa y vibrante Orquesta Filarmónica de San Petersburgo y su titular
desde la época posterior a Evgueni Mravinski, Yuri Temirkanov y la violinista
española Leticia Moreno, con una maestría claramente en alza.
Siente Temirkanov una especial afinidad con la música de
Shostakóvich, habiendo grabado casi la totalidad de sus sinfonías y sintiéndose
especialmente cómodo en la Quinta, Séptima, Décima y Decimotercera. Entre el
disco grabado con Moreno y los filarmónicos de San Petersburgo y el concierto
comentado han transcurrido tres años para percibir un progreso en la carrera artística
de Leticia, un valor en auge formado por Maxim Vengerov y que Juventudes
Musicales de Madrid supo impulsar. Contó siempre con el apoyo del mítico
violonchelista y director de orquesta ruso, Mstislav Rostropóvich y hace gala
de tan bellos recuerdos.
Para interpretar el Primero de los Conciertos para violín y
orquesta, de Shostakóvich hace falta poseer una destreza en el arco
sin igual, tener capacidad para el ataque y tener un asombroso sentido del
ritmo. En esta obra se dan diferentes estados anímicos que van desde lo
humorístico al sentido más amargo del sufrimiento humano. La prolongada estela
de Stalin se deja entrever mientras el compositor va variando su percepción en
el avance de los movimientos. Si David Oistraj fue un magistral intérprete de
la misma junto a Mravinski en la fecha de su estreno, Leticia Moreno supo ser
una fiel solista capaz de emocionar y ser toda una virtuosa en el escenario de
la Sala Sinfónica del Auditorio madrileño.
El concierto se inició con una de esas piezas típicamente
rusas que animan al espectador a que aprecie el precioso arte de la Música. Me
refiero a la obertura de la ópera Ruslán
y Ludmila, de Mijaíl Glinka, una pieza de un romanticismo sin igual,
plagada del folclore caucásico y elementos orientalistas sumados al exquisito
conocimiento melódico del compositor. Glinka visitó y se sintió embriagado por nuestro
país, al que le dedicó algunas páginas y cuya placa conmemorativa se encuentra
en la calle Montera.
El detallismo de Temirkanov hace que uno perciba cómo sus
manos parecen poseer diez batutas. Para ello, en la Sinfonía Patética, de Piotr Ílich Chaikovski supo
extraer la esencia, los aspectos líricos y los marciales, la poesía interior y
el dramatismo final, a modo de Réquiem con conocimiento o no del autor (eso
nunca lo sabremos). El fagot inicia desde lo profundo del corazón de Piotr
Ílich su camino hacia el despliegue del resto de la orquesta. Con el segundo
movimiento queda patente el complejo y empastado sonido de la cuerda del
antiguo Leningrado y en el penúltimo de los tiempos, las maderas y metales
relucieron. Parece complicado evitar el aplauso ante tan apoteósico y marcial pero
merece la pena contener la respiración para sumergirnos en el último tiempo, el
más reflexivo y vital. Pocas versiones describen el lamento final como la de
Sergiu Celibidache y la Orquesta Filarmónica de Múnich (EMI) aunque Temirkanov
contuvo la cadencia de los violonchelos y contrabajos hasta el último instante,
segundos antes del aplauso.
Lleno absoluto el producido por el comienzo de la nueva
temporada de Conciertos de la Fundación Juan March, a manos del enérgico y
cuidadoso pianista canario, Iván Martín y su conjunto, el Ensemble Galdós. Los dos maravillosos compositores elegidos
fueron Wolfgang Amadeus Mozart y Johann Sebastian Bach, quienes a través de sus
Conciertos para piano (clave) y orquesta,
interpretados por los jóvenes músicos a modo de orquesta de cámara, hicieron
las delicias de los allí presentes.
Iván Martín se desenvuelve con soltura ante la interminable
creatividad del kantor de Leipzig y
su obra BWV 1055, en sus tiempos Allegro,
Larghetto y Allegro ma non tanto. Usa comedidamente el pedal y su teclado
parece quedársele corto, en una continua acentuación de notas que llenan el
espíritu y suscitan una sonrisa de disfrute. La reflexión se hace patente en
los movimientos intermedios, tanto en sus Larghettos, como en sus Andantes o
Adagios.
Presten especial atención al Largo, del Concierto para clave (piano) yorquesta, BWV 1056, que resulta ser una
muestra de la mente creadora del maestro Bach, uno de los padres de lo de que
hoy denominamos como Música Barroca y que suena sacro en los momentos
trascendentales y vivaldiano en los apresurados. Suele decirse que los ritmos
sincopados del Jazz provienen de Beethoven, aunque yo diría que no, que ya Bach
se anticipó a ellos.
Martín recuerda a David Fray en muchas ocasiones,
desarrollando con calidez cada uno de los matices, manteniendo un tiempo
siempre correcto y acompañado por algunos de los componentes de su ensemble, la
Galdós.
Iván se siente cómodo tanto en Bach como en Mozart y aunque
destaca las delicias del primero, es un intérprete sumamente musical,
cercano al segundo. Si el pianista Alfred Brendel define lo humorístico de Haydn
en la Música, Mozart será su continuador inmediato. En su versión del Concierto para piano y orquesta KV 107/1,
Martín se centra en el precioso Andante para recordarnos la galantería clásica
en el Tempo di menuetto.
La temporada de la Fundación March, se plantea muy
interesante y variada. Un ciclo de Músicas que nos ayudarán a meditar dará paso
a otro de Beethoven y Schubert al fortepiano, con figuras de la talla de
Andreas Staier, Bart von Oort, Kristian Bezuidenhout y Arthur Schoonderwoerd.
La Música en las monarquías del Antiguo Régimen, nos llevará por las cortes del
emperador Carlos V y del melómano Enrique VIII y el Jazz hará su incursión con
un destacable Jerry González Trío. Pascal Rogé se acercará a Debussy y Ligeti, Messiaen y Scriabin serán
bienvenidos gracias a jóvenes intrépidos del teclado. Los más plausible y elemento
motor para un futuro algo más humanista, vendrá de la mano de dos ciclos:
Conciertos en familia y eventos didácticos.
Vino el director de origen italiano,
Gianandrea Noseda, con la orquesta de la que es segundo maestro invitado, la
Sinfónica de Londres. El primero de los dos conciertos, ofrecidos en Madrid,
gracias a Ibermúsica, empezó con la Obertura de la ópera Los Maestros Cantores de Núremberg, de Richard Wagner, para seguir
con el poema sinfónico, El Mar, de
Claude Debussy y finalizar, con la Sinfonía
número 5, de Dmitri Shostakóvich. El día posterior, los londinenses comenzaron
con una Obertura de Verdi, en este caso de la ópera Las Vísperas Sicilianas, prosiguió la velada con el Concierto para trompeta y orquesta en mi
bemol mayor, de F.J. Haydn y concluyó con la Sinfonía número 2, de Serguéi Rajmáninov.
El eclecticismo del maestro Noseda, muy
habitual en la escena británica y batuta sabia en Cadaqués, le hace dirigir a
los habituales del repertorio sinfónico sin parpadear demasiado a la hora de
enfrentarse a nuevas partituras y a compositores no del todo conocidos.
La Orquesta Filarmónica de la BBC (ahora
con el español Juanjo Mena al frente), tuvo en Noseda a un director capacitado
pero algo variable en sus conceptos globales, apoyado en las lecciones de los
maestros Valeri Gergiev y Myung-Whun Chung. Pudo revitalizar las figuras de
Casella, Petrassi, Respighi y Castiglioni, que le son muy cercanos. No se
olvidó de dos genios del siglo XX a los que adora, como son Prokófiev y Bartók
y ha dirigido con énfasis a Rajmáninov.
Para la primera de las tardes melómanas,
Noseda se enfrentó a un autor del que no es un usual defensor, como es Wagner.
Recuerdan sus giros a los de Gergiev, en mucho de los ataques, aunque se echa
en falta algo de poesía en el fraseo. Su Debussy, sonó bastante empastado, con
momentos solistas brillantes y su Quinta de Shostakóvich estuvo muy inspirado
por el maestro ruso, de quien fuera alumno aventajado. En el sello discográfico
Chandos, podemos hacernos una idea de su devoción por el autor, del que destaca
siempre su capacidad para lo rítmico, desatando todo un despliegue de medios
instrumentales. Grabó los Conciertos para
violonchelo y orquesta, junto a la Radio Danesa y el solista Enrico Dindo y
las más inhabituales obras sobre Michelangelo, con la Filarmónica de la BBC.
La Sinfónica de Londres ha grabado uno
de sus mejores discos con Noseda. Se trata del Réquiem de Guerra, de Benjamin Britten. Aunque si cabe, lo más
destacable del álbum, sea el elenco vocal, del que destacan: Sabina
Cvilak (soprano),Ian Bostridge (tenor),Simon
Keenlyside (barítono).
Ayudó a destacar el poderío de Verdi tanto en el
monográfico de la creciente Anna Netrebko como del variable Rolando Villazón,
ha dirigido la música sacra del italiano en Turín y nada menos que dos
fabulosas óperas: Aida y Don Carlo. En el último concierto de Madrid, la
obertura de Las Vísperas, sonó arrebatadora.
Haydn no parece ser un plato del gusto de Noseda, pero sí
del solista de trompeta de la Sinfónica de Londres, Philip Cobb, que lo realizó
con soltura, homogeneidad y afinación.
Su Rajmáninov fue lo mejor de la tarde-noche, aunque se
echara de menos la melancolía de un Previn o de un Sanderling. A Noseda lo ruso
le viene de lejos, de sus años en el Mariinski…
Debo destacar la excelente sonoridad de la Orquesta
Sinfónica de Londres, con sede en el Barbican Centre de la City. La prestigiosa
agrupación cuenta con Simon Rattle, como director musical desde la salida de
Valeri Gergiev y con dos maestros invitador de primer orden: el mencionado
Noseda y Daniel Harding.
Resalta la calidez de la madera, el brío de los violines a
manos del ejemplar Carmine Lauri y los violonchelos con el afamado Tim Hough ubicado
en el primer atril. El metal sonó vibrante y apoteósico en las dos sinfonías,
muy equilibrado y riguroso.
Estén muy atentos al programa extraordinario que Ibermúsica tiene preparado para el día 28 de septiembre, a cargo de los estupendos Niños Cantores de Viena, con un variado y suculento concierto que hará las delicias de grandes y pequeños.
Al final se optó por la recepción de la Orquesta Filarmónica
de la antigua Leningrado, con su director tras la “era Mravinski”, Yuri
Temirkanov, en lugar de la Sinfónica de Dallas, que tiene en Jaap van Zweden a
su nuevo titular. El repertorio de los rusos de San Petersburgo, no fue otro
que el protagonizado por grandes compatriotas del nivel de Rajmáninov, Shostakóvich
y Prokófiev. Para tales eventos, se contó con la participación de un buen
pianista, como es Andréi Korobeinikov y de un coro español, de la talla del
Orfeón Pamplonés.
Para el primero de los dos conciertos que ofrecieron los
rusos en Madrid, se contó con la Rapsodia
sobre un tema de Paganini, de Serguéi Rajmáninov. Desde el inicio, Korobeinikov
se ensambló con la orquesta, sin hacer demasiados alardes de virtuosismo en un
continuo fluir de accelerandos y diminuendos. No parecía un solista y una
orquesta o viceversa, sino un piano dentro de la agrupación sinfónica. Los
momentos lentos incrementaban su valía artística y en los pasajes de mayor
énfasis, destacó por una enorme capacidad percutiva pese a estar desligada del
sentido del fraseo.
Esta última obra concertante de Rajmáninov, posee la
sabiduría acumulada tras una vida dedicada al instrumento del que tantas veces
había sido intérprete, homenajeando aquí a su admirado compositor y violinsta,
Niccolò Paganini. La obra adquirió tales dimensiones que sería estrenada en el
Covent Garden londinense en forma de ballet, utilizando el Capricho número 24, del autor italiano.
Si por algo destaca esta maravillosa obra es por su
capacidad dramática y en, cierta medida, también por su virtuosismo global.
Desde el Concurso Scriabin de Moscú en 2004 y el Festival de
la Roque d’Antheron, Korobeinikov se ha ido especializando en interpretar
autores rusos y del repertorio clásico y romántico europeo.
La segunda parte, la ocupó íntegramente la Sinfonía número
7, llamada Leningrado, de Dmitri
Shostakóvich. La rotundidad de la cuerda, la intensidad y precisión de la caja
y lo impetuoso del metal, reflejan el dramatismo y poderío de la composición.
Por un lado marcan el asedio de los
nazis y según el autor, también el horror de las purgas estalinistas. La obra
se debate entre la desolación y el horror y la posibilidad lejana de un futuro
mejor. Versión intensa la de Temirkanov y los suyos, en la que se palpaba el
acercamiento de las tropas, desde la caja,
y opresión sobre la ciudad que lleva su nombre a cargo de los dictadores
de cualquier índole. Por cierto, una fabulosa lectura la suya que quedó
registrada hace tiempo por el sello RCA y que volvieron a registrar en 2010,
para el sello Signum. En Temirkanov nada es a medias, todo suena apasionado y
vigoroso. El director de orquesta prescinde de la batuta porque, según dice, “para
qué usarla cuando puedes tener diez batutas trabajando con las manos”.
El segundo de los conciertos, comenzó con el Primer
Concierto para violín y orquesta, de Shostakóvich. El solista fue el joven
virtuoso ruso Serguéi Dogadin, quien puso destreza y entrega en una compleja
obra llena de claroscuros. Toca un soberbio Guadagni de 1765 del que supo
extraer sus notas más graves, en algunos momentos de claro lamento. Impecable y
dinámico resultó el final de la interpretación del talentoso músico, heredero
del legado dejado por David Oistraj, el emblema del arco ruso a quien iba
dirigida la composición del mismo.
Tiempos convulsos, de una enorme privación de libertad en la era Zdánov,
que hicieron que Shostakóvich radicalizara su pensamiento musical y plasmara la
situación histórica y política en un pentagrama.
A Temirkanov le fue encargada la importante tarea de dirigir
la reconstrucción, de la banda sonora de la película de Eisenstein,
Alexandr Nevski, de Serguéi Prokófiev. Se nota que al director de orquesta le
apasiona dirigirlo y para esta ocasión no vino con un Coro ruso, sino que se
contó con el capacitado Orfeón Pamplonés, poseedor de un estupendo equilibrio
vocal. La voz solista de Olesia Petrova sirvió para representar a la Madre
Rusia, en un bello ejercicio de semi-escenificación, saliendo desde el lateral
del escenario. Rusia queda representada desde su ocupación de los mongoles y
narra la victoria de Nevski sobre los teutones.
Prokófiev representa en esta cantata un importante trabajo
que le hará colaborar en otras genialidades de Eisenstein, como El acorazado
Potemkin y Octubre.
El Ciclo de Conciertos de Ibermúsica propuso al veterano y
entregado director de orquesta, Herbert Blomstedt y a la Orquesta Philharmonia
de Londres, para interpretar en dos fechas las bellas partituras de Mozart
(Sinfonía número 39) y Beethoven (Pastoral
y la Sinfonía número 7) y la conocida como Sinfonía Romántica, la Cuarta, de Anton Bruckner.
Herbert Blomstedt pertenece a una generación de maestros de
la batuta que va diluyéndose con el paso del tiempo y que a sus casi noventa
años, sigue haciendo giras por el mundo, defendiendo el gran repertorio
germánico y nórdico. Americano de nacimiento pero sueco de origen, estudió en
Estocolmo y Uppsala, se formó con Ígor Markevich y pasó por diferentes
agrupaciones hasta llegar a la Radio Danesa, de la que actualmente es su
Director Honorífico. Durante diez años se puso al frente de la Staatskapelle de
Dresde (1975-1985), una etapa fructífera que duraría hasta la toma de posesión de
su cargo en la Sinfónica de San Francisco. Ahora sigue apareciendo como
brillante invitado en otra de las ciudades de la antigua RDA, me refiero a la
Gewandhaus de la encantadora Leipzig.
Siempre se ha distanciado de la ópera, aunque su versión de Leonore, que dio paso a Fidelio, de Beethoven, haya sido
insuperable. Su ciclo sinfónico schubertiano y su ideal beethoveniano, son dos
de los ejemplos clave en su etapa en Dresde. En Leipzig ha fomentado la
programación de su querido Anton Bruckner y en San Francisco hizo uno de los
mejores ciclos sobre Nielsen que se puedan encontrar en CD, mejor aún que el
que realizó en Dinamarca. Richard Strauss y Mendelssohn han sido dos de sus
fuertes, con momentos clave, como la celebración que realizó la Gewandhaus en su aniversario como director y con el
apoyo de Thibaudet, para el segundo de los autores, interpretando los
conciertos del autor de El sueño de una
noche de verano.
Uno de los compactos que representan su impronta mozartiana,
es el que realizara junto a Edda Moser (su querida Leonora beethoveniana), en
un disco que compila sus arias en concierto, magistralmente desarrollado. Una
de las versiones de Peer Gynt, de
Grieg, es la suya, con la Sinfónica de San Francisco, en una toma con toda su
ornamentación argumental.
Herbert Blomstedt posee un cuidado especial para los
matices, suele vérsele dirigir sin usar ni la batuta ni la partitura y marca
con elegancia los compases y las diferentes entradas solista. Conoce su repertorio,
que sin ser extenso, resalta siempre con detalle y precisión.
Su Beethoven es un referente absoluto, con una musicalidad y
una belleza estructural que se palpa. Sacó de los maestros londinenses lo mejor
de sí mismos, recordando a una Staatskapelle.
Lo comedido del tempo quedaba definido con sabiduría para resolverlo con un
ataque o una marcada acentuación. Blomstedt posee un estilo musical definido
por el sentido estético y musical. Recuerda su lectura de la Pastoral a aquella
frase dicha por Bruno Walter, acerca de que para dirigir esta sinfonía uno
tiene que amar la naturaleza. La vida diría yo. Este octogenario, casi
nonagenario, posee una soberbia capacidad memorística, una palpable simpatía y
una entrega total a la música, los intérpretes y el público.
Si la Pastoral podría tratarse como una obra descriptiva, la
Séptima, posee los indicativos suficientes para hacerla una composición
magistralmente reflexiva, perfecta en su conjunto y con unas dosis de
biográfica.
Su visión de la Sinfonía número 39, de Mozart, se realizó
con una filosofía de gran envergadura, definiendo la pieza en un recordatorio
haydniano, con enormes dosis de estructuración y enfatizando la frescura de la
pieza, sin dejar de lado sus silencios como partes de la obra. El director de
orquesta Otmar Suiter, alumno de Clemens Krauss y uno de los genios olvidados
de la DDR, hablaba sobre la sensibilidad que transmite esta pieza y su
maravillosa musicalidad.
Para dirigir a Bruckner uno tiene que tener la capacidad de
entender a Mahler y viceversa. La Cuarta
de sus Sinfonías parece una consecuencia lógica del avance que tienen las
Sinfonías de Brahms y el peso de la fe y la naturaleza del Hombre.
La Philharmonia de Londres, que esta vez no vino regida por
su titular, Esa-Pekka Salonen, se entregó a fondo, con una bella y joven
solista de trompa, unos poderosos trombones y el atento fraseo y la musicalidad
de las maderas y las cuerdas. La reflexión estuvo al servicio de una música que
a veces suena impetuosa, apabullante y vigorosa, pero otras respira paz, armonía
campestre y lucidez. Bruckner parece que toca un maravilloso y grandioso
órgano, en forma de orquesta sinfónica. Esta es la Romántica, la Cuarta
Sinfonía, de un autor que desprende multitud de ideas mientras desarrolla
muchas otras.
Ojalá que Blomstedt visite nuestro país con mayor frecuencia.
Siempre es un placer inenarrable verlo subido al podio de nuestro madrileño
Auditorio Nacional. Por lo pronto, hará su incursión el Festival de los Proms
de la BBC, a finales de agosto de este 2016, junto al pianista húngaro Andras
Schiff, para interpretar a su cuidado Beethoven, con el apoyo de la Gewandhaus
de Leipzig, en un programa que incluirá la Obertura de Leonora (número 2), el Concierto
para piano y orquesta número 5 y la Séptima
Sinfonía.
Jaime Arroyo Moya nace en Madrid el 20 de marzo de 1982, estudiando Historia en la Universidad Autónoma de Madrid. Completa su actividad con cursos de radio (Onda Verde), inglés (English Centre) y alemán (Goethe-Institut). Desde los 18 años ha colaborado con publicaciones como la Revista “Ritmo”, el Boletín de Información Discográfica “Diverdi”, el diario “ABC”, "Doce Notas", la página Web cultural beckmesser.com, etc.
Así mismo ha desempeñado funciones de responsabilidad musical en “El Corte Inglés”, como encargado de la Sección de Música Clásica y ha realizado la edición de programas de mano de la Orquesta del Conservatorio Profesional de Música de “Arturo Soria”.
Ha trabajado, en un intento por difundir la música entre los más jóvenes, como gestor de la “Fundación Mozart”.
Actualmente, se ocupa de la publicación “El Mensajero Musical". Se encargó de la Sección de Música Clásica-Jazz de Fnac Plaza Norte y ha estado al frente del Blog de Experto de Música Clásica. Ha trabajado en el Departamento de Discos de Fnac Castellana, Discos y Libros en Callao y, actualmente, trabaja en el Departamento de Entretenimiento en Fnac Plaza Norte.